Published On: Mié, Oct 14th, 2015

Vicente Ugarte del Pino, el último cacerista

martinSobre el legado de un notable jurista, catedrático y patriota. Cuando el capitán Juan Vicente Ugarte Lobón se unió a las huestes de Andrés Avelino Cáceres, el Brujo de los Andes, jamás imaginó que su vida y la de su estirpe estarían marcadas para siempre por el destino viril de los patriotas: la defensa de la nación. Dulce et decorum est pro patria mori, sentenció Horacio, el inmortal. Los Ugarte, este axioma, bien podrían grabarlo con orgullo en el blasón de su escudo familiar. El joven Ugarte Lobón se batió en Pisagua, venció en Tarapacá y hostigó sin tregua a las tropas invasoras a lo largo de ese lustro sangriento en el que los peruanos perdimos mucho, pero nunca el honor.

Desde entonces, Ugarte Lobón sería un cacerista consumado, convicto y confeso. Su nieto, el maestro Juan Vicente Ugarte del Pino, siempre fue fiel a la vieja tradición del quirite guerrero, defendiendo con su poderosa inteligencia la integridad territorial del Perú. Tras una larga vida entregada a la ciencia del Derecho y a la docencia en San Marcos, Universidad decana de América, Ugarte del Pino, el jurista, nos ha dejado rodeado del cariño de su familia y de la devoción de numerosas generaciones de discípulos que deja en el país. El hombre que hoy parte a la patria celestial fue Decano del Colegio de Abogados de Lima (el Decano de la resistencia que nunca se doblegó al dictador Velasco Alvarado), Presidente de la Corte Suprema, Decano de la Facultad de Derecho de la Universidad de San Marcos y Presidente del Tribunal de Justicia del Acuerdo de Cartagena (con sede en Quito). Gracias a Don Vicente (y ahora a su más leal discípulo en el carlismo, Fernán Altuve-Febres Lores) prospera en nuestro medio científico la Sociedad Peruana de Historia y la Academia Peruana de Ciencias Morales y Políticas, correspondiente de la española. Como bien recuerda uno de sus mejores y más leales amigos, el más grande intelectual carlista y catedrático Miguel Ayuso Torres, Don Vicente dejó de frecuentar el Instituto Hispano-Luso-Americano de Derecho Internacional “tras ciertas injusticias que no había querido soportar”. Algún día hablaremos de estas injusticias bien señaladas por el profesor Ayuso, sobre todo para resaltar la hidalguía de Don Vicente.

La erudición de Vicente Ugarte del Pino siempre encontró la forma de manifestarse en un patriotismo funcional. Su inteligencia superior tenía que materializarse en obras concretas, en muestras de piedad filial. Por eso, el último gran servicio que ofreció a nuestro país fue gracias a uno de sus más brillantes discípulos: Alan García. Durante su presidencia, García lo nombró miembro de la Comisión de notables encargada de exponer la posición peruana en el Tribunal Internacional de La Haya, en el marco de la demanda que el Perú formuló contra Chile para la correcta delimitación de la frontera marítima entre ambos Estados. Allí, a pesar de su avanzada edad, Don Vicente volvió a sellar su pacto de sangre con el Perú, renovando los votos de su familia con la mejor parte de nuestra historia.

Los amigos de Don Vicente siempre lo recordaremos como el alma grande de su hidalga casa barranquina, bajo la sombra de su frondosa biblioteca. Allí aconsejaba con la auctoritas propia del jurista que ha elegido voluntariamente ese sacerdocio civil que es la docencia en el Perú. Ugarte del Pino ha dejado tras de sí una estela fecunda. Don Vicente era un caballero cristiano, un hombre comprometido con la fe que heredó de sus ancestros. Precisamente por eso, porque el cristianismo siempre da fruto y lo da en abundancia, la vida de este gran jurista peruano no ha sido estéril y ha dejado huella. Aquí, querido maestro, quedan todos tus alumnos, esos jóvenes avelinos prolongadores de la tradición y del patriotismo que animaron tu vida lograda. Aquí permanecen los que escuchando tu discurso aprendieron la buena lección. Gracias, don Vicente, por tu lealtad, por tu entrega a Hispanoamérica y por tu fidelidad inconmovible a la vocación universitaria. Los patriotas, los abogados y los católicos peruanos tenemos desde hoy un poderoso intercesor en el cielo y un ejemplo cabal del modelo de juristas, del tipo de maestros y hombres que reclama con urgencia el Perú.

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