Published On: Mié, May 10th, 2017

Historias de venezolanos que llegaron a Perú huyendo de la dictadura de Maduro

Azucena Romaní / ANDINA.- Es imposible evitar que los ojos se humedezcan o sentir un nudo en la garganta cuando se escuchan historias tan cargadas de dolor, de gente trabajadora que tuvo que dejar su vida entera y a sus seres queridos en su natal Venezuela para venir a sobrevivir a Perú, una tierra amable, gentil y hospitalaria, pero, al fin de cuentas, extraña.

La decisión de emigrar para Andry Pérez, Gabriela Rivas y Yeisymar Pastrano fue quizás la más difícil que han tomado en sus jóvenes vidas, pero absolutamente necesaria cuando se tiene que luchar por la familia, cuando el dinero no alcanza para conseguir algo tan elemental como es la comida y se tiene que salir en busca de nuevos horizontes a fin de asegurar la subsistencia.

Le preguntamos a Andry cómo fue dar el paso que lo traería a la tierra de los incas y por qué la escogió como su destino. Lo primero que le viene a la mente es que Perú tiene una economía sólida y que su moneda es fuerte, lo que le hacía pensar que aquí habría oportunidades. Por suerte, el Gobierno peruano le abrió las puertas. Fueron cuatro días y medio de un pesado viaje por tierra para llegar hasta acá.
“Fue duro, muy difícil venir sin nada, esperando encontrar algo para ayudar a mi familia. Dejar a mi esposa y a mis hijas de 1 y 3 años me costó mucho; pero valió la pena el sacrificio”, cuenta a la Agencia Andina este técnico en administración de empresas, con especialidad en contabilidad, natural de Acarigua y de 39 años de edad, que ahora trabaja como vigilante nocturno en una cochera, empleo que agradece infinitamente.

“Antes, los venezolanos gustábamos de vestirnos bien y la apariencia era muy importante para nosotros; ahora eso ha pasado a un segundo plano y lo que más nos interesa es conseguir comida”, anota.

Lo que recauda Andry no es mucho, pero por lo menos le sirve para pagar un techo y mandar dinero a su esposa. Recuerda que el primer envío ella lo recibió muy emocionada, porque al fin podría comprar comida, aunque sea cara, pero sin preocupaciones.
Confiesa, con los ojos enrojecidos pero conteniendo las ganas de llorar, que la última Navidad fue la más triste porque era la primera vez que la pasaba solo. Apenas tenía unos días de haber llegado a Perú y solo una breve comunicación telefónica con su esposa lo reconfortó.
 
Quiero traer a mis hijas
Él y su esposa trabajaban en la Corporación Eléctrica Nacional de Venezuela, donde sufrió hostigamiento muy fuerte por manifestar su oposición al gobierno, lo que lo afectó psicológicamente y tuvo que renunciar. Entonces inició la aventura hacia nuestro país, buscando información a través de una página de Facebook sobre venezolanos en Perú.
Los primeros días en Lima fueron dolorosos, pero está acostumbrándose a su nueva vida; proyecta traer sus documentos de Venezuela, sacar su título, seguir estudiando en Lima y luego postular a un empleo donde pueda aplicar sus conocimientos, y gozar de los beneficios laborales que se ofrecen aquí y que –dice– son extraordinarios.
Pero también espera en muy poco tiempo traer a su esposa y a sus dos pequeñas e incluso a su madre. Quiere que ellas experimenten también la emoción de ver un supermercado lleno de productos, que puedan elegir qué comprar con plena libertad. Sus dos hijos mayores, de 17 y 13 años, y su exesposa con su nueva pareja ya viven en Lima desde hace buen tiempo y se encuentran muy bien.
Andry considera que su vía crucis ya acabó, pero su familia aún tiene que salir de la crisis. “Es difícil estar acá, alimentándote con buena comida, trabajando libremente, y pensar en cómo estarán los tuyos, qué estarán comiendo”, señala.
Ahora que trabaja y gana un sueldo lo único que le duele es la distancia con su familia. Dice extrañar también sus arepas, pero se rinde a la delicia de un lomo saltado.
Andry, Gabriela y Yeisymar no tienen sino sentimientos de gratitud hacia Perú. Estos jóvenes de tierra llanera reconocen que los peruanos los han recibido de la mejor manera, que les preguntan de dónde son y los tratan con mucha amabilidad, que son serviciales y atentos con ellos, que les tienden la mano de manera solidaria; pero además destacan la actitud del Gobierno que aprobó a su favor el Permiso Temporal de Permanencia (PTP).
Tisana en Gamarra
Desde hace unos días es familiar ver a dos atractivas jovencitas venezolanas recorriendo el emporio de Gamarra con dos baldes llenos de refrescos. Ellas ofrecen limonada y tisana, una bebida muy popular en su país, hecha a base de jugo de naranja, granadina y fruta cortada en trocitos.

Gabriela, quien vivía en Puerto Píritu, estado de Anzoátegui, llegó hace dos meses a Lima

Gabriela, quien vivía en Puerto Píritu, estado de Anzoátegui, llegó hace dos meses; antes estuvo en Ecuador, pero no le fue muy bien, porque –según dice– la gente es muy cerrada y hasta recelosa.

“En cambio aquí, los peruanos son distintos, nos han recibido bien, son muy amables, se nos acercan, nos preguntan qué vendemos, nos compran bastante”, señala y agrega que en solo cuatro días han tenido un gran éxito en su negocio.

La joven espera asentarse mejor y traer a Lima a su madre, “quien lo es todo”, vivir algunos años aquí y luego volver a su país, cuando este se recomponga. Al menos, esa es su esperanza, pero sabe que eso tardará.
Ella cuenta que renunció al trabajo que tenía porque vender tisana le resulta más rentable. Desde muy temprano sale rumbo a Gamarra junto a Yeisymar, con quien vive en un lugar rentado en la urbanización Apolo, en La Victoria. Su compañera de aventura también estuvo en Ecuador nueve meses, pero la suerte no le sonrió. Ninguna ha podido mandar aún mucho dinero a los suyos, pero esperan cumplir pronto ese propósito.
“Gracias a Dios llegué a Perú. Tuve un problema en el nervio ciático y he recibido muy buena atención médica. Los peruanos son muy buena gente, estoy muy agradecida, no me puedo quejar”, manifiesta Yeisymar, quien prefiere no hacer muchos planes, porque lo que proyectó en Ecuador no prosperó.
Esta muchacha, natural de Mérida, afirma que desde que emigró las cosas cambiaron para ella, porque felizmente nunca le faltaron el techo y la comida. “Pero siempre el dolor está adentro, al saber todo lo que les falta a mi mamá y a mis hermanos”.
“No quiero hacer planes que luego se frustren. Sé que Dios me va a sorprender y que tiene grandes cosas para nosotros”, afirma con una sonrisa esperanzadora. Que así sea.

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