Published On: lun, Oct 12th, 2020

Una vez, el «Che» Guevara fue a buscarme

De cómo Ernesto «Che» Guevara reclutó al peruano Juan Pablo Chang para su revolución.

Una vez en México, el Che fue a buscarme y me contó que, junto con un grupo de jóvenes cubanos, pretendía invadir la isla y rescatarla de la tiranía carnicera de Fulgencio Batista”.
“Entraremos -me dijo- y estableceremos un foco guerrillero en las montañas. Con el tiempo, venceremos. ¿Quieres unirte a nosotros?”

Me lo estaba contando Juan Pablo Chang. A él y a Mario Vargas Llosa los acababa de conocer en La Habana en circunstancias en las que, al mismo tiempo, se celebraba una reunión del concurso literario de Casa de las Américas y el inicio de la Conferencia Tricontinental de los pueblos de Asia, África y América del Sur.

Eran días peligrosos aquellos. En Vietnam del Sur aterrizaron ocho mil soldados norteamericanos y, por su parte, el presidente norteamericano Lyndon B. Johnson anunció que sus tropas se quedarían allí hasta que terminara lo que llamaba la “agresión comunista”. En Nevada, Estados Unidos, durante ese mes, se hizo explotar cinco bombas atómicas con fines experimentales. En los cielos de España, dos aviones estadounidenses colisionaron y, debido a ello, cuatro bombas atómicas de 70 kt cayeron al mar, tres en las cercanías de Palomares y otra en las proximidades de Almería.

-¿Y tú, qué le dijiste?

-Naturalmente, acepté, y le pregunté dónde podía reunirme con el grupo. Me respondió que en un café de la Zona Rosa. “¿En un café?”, le pregunté pensando que había oído mal. “Sí, en un café”. Y yo me quedé pensando. “Son unos revolucionarios de café. Créeme, Eduardo, por eso me perdí la oportunidad de ser un héroe.”

Juan Pablo Chang había nacido en el Perú en 1930 y se había pasado la vida intentando ser un héroe. Al salir del colegio pasó dos años en la isla carcelaria del Frontón. Después, en el exilio, recorrió Bolivia, Argentina y México, y en todas partes las dictaduras lo persiguieron. Estudió en las universidades de Buenos Aires, París y México. Se quedó un buen tiempo en ese último país, y es allí donde trabaría amistad con Ernesto Che Guevara.

Al año siguiente de nuestro encuentro, nos volvimos a ver, pero esta vez en Lima y le pregunté si todavía se sentía triste de no haber sido un mártir de la revolución.

Juan Pablo sonreía todo el tiempo y yo no me explicaba su sonrisa porque no sabía que se estaba guardando un secreto. Su permanencia en Lima no era conocida por su familia. En realidad, tan solo se encontraba de paso porque en esos días partía hacia Bolivia para unirse al revolucionario argentino.

Unos meses después, el mundo fue conmovido por la noticia de que el ‘Che’ Guevara, después de una derrota, había sido asesinado por hombres del ejército boliviano. Sus compañeros corrieron igual suerte, y entre ellos se encontraba Juan Pablo.

Cuando recuerdo a este joven peruano, pienso en la permanente invitación al heroísmo que en esos días significaba para mi generación la vida y la prédica de Ernesto ‘Che’ Guevara.

El suyo era un llamado mucho más romántico que el de la civilización neoliberal porque frente a ese mensaje, ¿cual era la prédica del otro lado? Una vida sin sueños ni metas colectivas, pero feliz para quien acate sus normas y venere el becerro de oro de la oferta y la demanda. Una colectividad sin problemas filosóficos. Un mundo en el que habrán sido borrados los poetas y los héroes y en el que el primero de los valores, en vez de la esperanza, sea el conformismo.

Juan Pablo Chang me dijo que el capitalismo era muy aburrido. Por eso se sacrificó en las alturas de Bolivia y de eso hace 50 años. 

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