Published On: Vie, May 23rd, 2014

Un país invertebrado

martinHan transcurrido cien años, pero gran parte de la crítica del arielismo peruano a la realidad nacional se mantiene vigente. La voluntad desintegradora, el libertinaje caudillesco, la profunda mediocridad individual y, sobre todo, el estéril sectarismo partidista, continúan siendo características palpables de ese gran enfermo que llamamos Perú.

Nuestra clase política, abdicando de todos sus deberes para con la República, se ha inclinado por el afán parasitario y mendiga el reconocimiento de dos o tres líderes con talento. Nuestros empresarios no terminan de lanzarse al mundo y la clase media naufraga en un consumismo relativista que desnuda todas nuestras taras morales, propias de un país que navega hacia quién sabe dónde anestesiado por los espasmos del progreso falaz. Vivimos una época sin norte, una era abyecta de «piloto automático», de molicie social y levedad pública. En este clima ético, a nadie tendría que sorprender la sangre que emerge a borbotones de Áncash, Tumbes, Cajamarca y de tantos otros lugares que conforman el largo etcétera de nuestra corrupción.

Por eso, no comparto, como muchos compañeros de mi generación, el optimismo desbordado, el buenismo ingenuo que sostiene que esta vez sí estamos en el camino correcto y que «nadie nos para». Esto es propio de mentes infantiles, en el mejor de los casos, o de espíritus subdesarrollados y periféricos, en el peor. Los colmillos de la ideología infectan todos los debates relevantes (véase nuestro anticlericalismo) y hoy confundimos progreso con la clara subversión del orden natural. Este es un país invertebrado, gelatinoso. Hace falta recobrar el espíritu arielista para volver a proclamar, con esos grandes fantasmas que nos miran desde lo alto, el viejo grito hecho de imprecación y de conjuro: «¡Queremos Patria!».

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