Published On: dom, Sep 22nd, 2019

Un cinco de abril jacobino

Quieren una Constituyente para refundar la República.

La interrupción de un proceso democrático tiene una técnica, un proceso, y forma parte del arte caótico de la revolución. Toda revolución tiene como objetivo la subversión del orden político y el reemplazo de una élite por otra. Los procesos revolucionarios siguen un patrón estipulado y cuentan con el respaldo de mayorías que surgen y decaen en función a un espacio-tiempo histórico. Leer la historia es el gran objetivo político de los revolucionarios que buscan interpretar el momento radical para así aplicar la violencia dosificada o el terror desatado, todo en función a la adquisición de más poder.

Por eso, el jacobinismo local ha decidido lanzar su última ofensiva buscando celebrar un nuevo cinco de abril, esta vez un cinco de abril revolucionario. Si hace más de un año supimos que el objetivo era cerrar el Congreso, desde hace unas semanas los voceros del club jacobino han desnudado su pretensión adanista: quieren una Constituyente para refundar la República. Salvo el poder constituyente, todo es ilusión.

Como es obvio, esta refundación estaría basada en la ideología propuesta por el Foro de Sao Paulo, no en los postulados del republicanismo clásico. El orden liberal consolidado en la Constitución de 1993 sería reemplazado por el pactismo social demócrata, con el agravante del cesarismo del que han hecho gala los falsos moralizadores que persiguen a la oposición. Esta mixtura (cesarismo y socialismo) por fuerza es radical y carece de sustento técnico. El empobrecimiento, la miseria popular, la destrucción de las instituciones y el caudillismo muy pronto arraigarían en una sociedad debilitada por la fatuidad y la ausencia de un proyecto nacional.

La partida de nacimiento de una nueva Constitución equivaldría al deceso del régimen de libertad que, pese a todo, ha producido una época de crecimiento económico e institucional. Toda sociedad democrática debe temer al adanismo jacobino. Advirtamos los peligros que acompañan a los cantos de sirena del radicalismo marxista. El grito “que se vayan todos” es el viejo lema jacobino que exige guillotina para todos los que no se sometan al pensamiento políticamente correcto.

Así, el socialismo del siglo XXI, que no es más que el viejo marxismo de siempre, es la fuente de la que beben nuestros revolucionarios jacobinos dispuestos a incinerar la Constitución de 1993. Reemplazarla con un nuevo capítulo económico y penetrar el orden jurídico de ideología de género es el plan máximo de los neomarxistas. La subversión del orden social tiene un precio. Basta con mirar a nuestros vecinos. Las consecuencias del chavismo, de los populismos y de la pulsión autocrática son evidentes. La miseria moral y la postración económica, el éxodo y la polarización cainita harían pronto del Bicentenario una efeméride del odio. El cainismo es el signo evidente del fracaso social. La división en la res publica es la crónica de una muerte anunciada, la del proyecto nacional.

Las grandes naciones se unen en torno a grandes objetivos. Los países condenados a la pequeñez sucumben ante el odio político. Si no saben cómo resolver sus diferencias internas, si no abaten al enemigo interior, ¿cómo podrán conquistar el liderazgo regional y global? El camino hacia la mediocridad es la división.

Los jacobinos quieren su cinco de abril. En algo sí tenía razón el barbudo de Tréveris: la historia se repite dos veces: la primera como tragedia y la segunda como farsa.

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