Published On: Mar, Feb 4th, 2014

Un «cerdo» llamado François

TatianacolumnaAlguien abrió la puerta. Levanté la cabeza mojada en sudor y sentí los leggins pegados a los muslos. Una sombra se acercaba. “¿Sí?”, pregunté, pensando que solo habían pasado unos minutos desde que me había acostado. La figura respondió, pero no pude escuchar el qué. Se arrodilló y entonces pude ver quién era. François, un corpulento hombre de 50 años, calvo y a medio afeitar puso su mano en mi cadera y se inclinó. “¿Pero qué hace?”, le dije en francés. “Te doy un beso”, contestó. Solo acerté a decir: “No, gracias”. Y él, con una sorpresa que no alcanzo a explicarme hoy todavía, salió de la habitación como entró, sin más. Cogí la almohada y salí poco después al pasillo. La calefacción estaba muy alta. Giré a la izquierda y abrí la puerta de Stephany. Se espantó y le dije mientras me metía en su cama: “Tu padre ha intentado besarme. Buenas noches”. Y ella se quedó de piedra.

Por suerte para Stephany, François era su “padre de acogida” y no tenía ningún lazo de sangre con él. Trabajaba para él como au pair encargándose de sus dos hijos y yo estaba por allí de visita junto con Laura, otra au pair, como también lo era yo en Bretaña. Los niños estaban en casa de la ex esposa de François, un conocido miembro de su comunidad, un tipo excéntrico que pretendía aparcar un Rolls Royce en la entrada de su casa de campo de piedra llena de cuadros carísimos –llegué a ver un Renoir– y objetos que parecían propios de un 20 duros. A François le gustaba el champán, la buena comida y rodearse de mujeres 25 años más jóvenes que él. Esa noche, antes de entrar en mi habitación, decidió invitarnos al Mc Donald’s, pero cambió de opinión para llevarnos de copas y a un restaurante chic donde todos le pudieran ver con nosotras y donde había espuma de bacalao y ternera a la no se qué. Stephany dijo que él la había invitado otras veces y que era algo normal en él, así que aceptamos.

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Patio de la casa de François en Bretaña, Francia. Febrero 2012. TRB

En la cena nos ignoró a las tres, algo que Stephany también subrayó como normal. Se encontró con unos amigos y nos dejó en la mesa solas. Vociferaba como el gañán que es y bebía vino como si no hubiera mañana. Total, allí la policía no se atrevía a chistarle, no sabemos muy bien por qué. Una vez Stephany giró por un sitio prohibido mientras conducía y unos agentes llegaron dispuestos a empapelarla hasta que dijo que trabajaba para François. Tras varios platos y postres, todos contentos subimos al coche y llegamos a la casa de campo de piedra.

Al lado de las escaleras para subir a la segunda planta, había un bar con barra incluida. François abrió una botella de champán, pero yo estaba agotada. Era la 1 de la madrugada y había hecho 2 horas y media de ruta para llegar al pueblo perdido aquel ese día, más el pateo por los alrededores durante la tarde. Entonces agradecí su amabilidad al tosco François para irme a dormir, que se había empecinado en repetirme toda la noche que no era lo suficientemente joven para él, pues su nueva esposa marroquí tenía 25 años y yo uno más. Lo decía sin venir a cuento, mirándome fijamente, para luego enseñarnos la foto de la muchacha, una morena de ojos profundos y pelo rizado. Recuerdo que François nos contó que era muy buena y estaba encantado de poder sustituir a su vieja esposa de treinta y tantos, otra marroquí,  por esa nueva belleza.

En ese momento no me imaginé que se quedaría solo en el bar y que a las 6 de la mañana, ya como una cuba, iba a envalentonarse y a entrar en la habitación de su hija, donde yo dormía. Stephany le pidió explicaciones tras irnos al día siguiente, pero él eludió toda conversación al respecto.

No sé si pensó que yo estaba tan desesperada como su nueva esposa marroquí –porque solo la desesperación podía justificar dejarse tocar por aquel imbécil–, si interpretó algo como flirteo en su mente enferma o si la cena tenía un precio, pero siempre recordaremos a François como lo que es: un baboso y un cerdo sin escrúpulos. Es una pena que el dinero no otorgue ni clase ni consciencia.

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