Published On: Lun, Abr 28th, 2014

Susana Baca:“Todavía nos despreciamos por el acento y a la gente que habla diferente”

susanabacaLa República.– Susana Baca. Cantante. Investigadora de los ritmos y costumbres afroperuanas. Dos veces ganadora del premio Grammy. Ex ministra de Cultura del gobierno de Ollanta Humala. Formada como maestra en la Universidad Nacional de Educación Enrique Guzmán y Valle, ‘La Cantuta’.

Texto. Emilio Camacho
Foto. Musuk Nolte

“Es el año sabático de Susana”, dice Ricardo Pereira, su esposo, en el pequeño departamento de Chorrillos que les sirve como cuartel general, mientras se abrocha la camisa para salir a caminar. Y aquello es verdad, pero a medias. Es cierto que este año Susana Baca no viajará al exterior con el ritmo frenético al que está acostumbrada, pero en cambio se reencontrará con el público limeño, en un concierto que ofrecerá el 10 de mayo en el Gran Teatro Nacional. Además de eso, publicará un libro, ‘El largo camino de la caña dulce’, y seguirá empeñada en fundar un centro cultural en el poblado de Santa Bárbara, Cañete, donde vive. Es una manera de saldar cuentas con la segunda pasión de su vida: la educación. Si la música la ha acercado a masivas manifestaciones de cariño y premios internacionales, las aulas, en las que enseñó a pequeños niños de la sierra, le han dado otro tipo de satisfacciones, más íntimas. Fue la “negra del alma” de los chicos de Tarma que hicieron lo posible porque no los dejara. Ha sido maestra para los jóvenes que la sorprenden al cantar sus temas en todo el mundo. Es heredera del estilo de Chabuca Granda, investigadora, ex ministra y madre musical.
¿Cuál es la despedida más dolorosa de su vida, la que guarda siempre en la memoria?

(Se queda en silencio varios segundos) Mi hermanita, cuando se murió, allí está, mírala. (Me señala una foto en blanco y negro que reposa en un anaquel de su pequeña oficina). Ella se llamaba Maruja, era mi hermana querida, ahora me quedan sus hijos, mis sobrinos. Era mayor que yo. Tenía que cantar ese día, y tuve que cantar, no lo pude suspender.

 ¿Y ya estaba enterada que ella había partido?

Estaba a punto de entrar a escena. Llamaron al celular de Ricardo, contesté y me lo dijeron. En ese momento tienes que transformar tu dolor, lo peor es que no puedes darle a la gente la tristeza que llevas dentro, debes cambiar toda tu energía.

¿Y qué siente usted, una intérprete tan sensible, cuando debe despedir a colegas y compañeros de ruta como Óscar Avilés?

Qué bárbaro eso. Cómo se han ido. El otro día ensayaba con unos jóvenes en Cañete y uno de ellos, de unos veinte años, tocaba muy bonito la guitarra acústica. Yo le decía: Qué pena que se haya muerto un ser como Félix Casaverde. Una semana antes de irse, él me decía: Tengo que enseñar Susanita, tengo que enseñar a los jóvenes. Es toda una pena. Se va Pepe Vásquez. Se va Óscar. Se va esa manera de hablar con su guitarra.

 ¿Todo eso se pierde?

Yo me emocioné mucho cuando vi al nieto de Óscar tocando, qué bonito que haya entregado su herencia.

Usted, cuando era joven –antes de David Byrne, de su internacionalización, incluso antes de conocer a Chabuca Granda– cantaba canciones criollas. Era su género. Y hay personas, como el cronista Eloy Jáuregui, que piensa que con la muerte de Óscar Avilés ya ha terminado el ciclo de la música criolla en el país, ¿qué cree usted?

Si hablamos de la música peruana, con todos sus ingredientes, la música andina, la criolla, la música afro, yo creo que todavía hay espacio y mucho sentimiento que volcar. No siento este hecho como una muerte. Pero Eloy quizá diga esto que me cuentas porque ya no hay un ser como Avilés. No se ha engendrado, eso es verdad. Si buscamos un Avilés ya no lo hay, no con lo que él entregaba. Pero no creo que la música esté como para morir.

¿Hay jóvenes que vienen detrás?

Sí. Esto lo he podido ver en Breña, en la casa de un guitarrista maravilloso como es Wendor Salgado. Los viernes se reúne con sus alumnos en La catedral del Criollismo. Son jovencitos que están esperando que los maestros les den la seña para que puedan tocar. Y ellos solo tocan el acompañamiento, porque los maestros están en su propio vuelo. Es un concierto de guitarra maravilloso. Eso me da mucha esperanza. Y esos jóvenes no quieren ir a las peñas, porque en las peñas nadie escucha.

Quiero detenerme allí, ¿el problema de la música criolla es de música o de letra?

Es que, cómo vas a componer frente a lo que hizo Máximo Grado, Felipe Pinglo, Pablito Casas, esas letras tan fuertes, con contenido de vida, de lucha, de enfrentamiento. Las composiciones de ahora no tienen ese peso. Eso está como detenido.

Pensaba en su propio caso. Usted vivió la influencia de Chabuca Granda, que a su vez, para componer, invitaba a su casa a poetas. Era amiga de Juan Gonzalo Rose o César Calvo, ¿por qué se ha perdido esa confluencia entre poetas y músicos?

Creo que si los poetas que hay ahora fueran a La Catedral del Criollismo, volvería a darse esa relación íntima entre música y poesía. Me acuerdo de Antonio Cisneros en El Breña, en el centro musical. Recuerdo que llegó una noche, cantó Hilda, el vals que más le gustaba, porque él cantaba muy bien. No sé, es verdad, falta ese lazo, ese encuentro.

Cuando David Byrne la escucha por primera vez y le da a usted toda esta proyección internacional, lo hace porque lo emocionó oír María Landó, un poema de César Calvo. Y cuando gana su primer grammy lo hace con un disco lleno de poemas de Vallejo, de Neruda y Benedetti, ¿cuánto le debe usted a la poesía?

Todo (se ríe). Qué me pasó. Por qué empecé a cantar poesía. Primero me empecé a quedar en silencio. Me acuerdo que Omar Aramayo, un poeta puñeno, me preguntó por qué ya no seguía cantando. Le respondí que las letras que sabía no me gustaban. Eran letras de la música criolla, hirientes, que no eran para mi tiempo. Yo era una joven que había vivido lo del mayo del 68, los sucesos de Berlín. ¡Había muerto el Ché! Todo eso era sobrecogedor. No podía seguir cantando esas letras. Yo quería algo más intenso, que expresara mi deseo de un mundo más justo. Esas palabras las encontré en la poesía.

¿Y cuál es el poema que más repite en su vida diaria?

Bueno, es Poema de (Carlos) Oquendo de Amat. «Para tí tengo impresa una sonrisa en papel japón. Mírame que haces crecer la yerba de los prados. Mujer, mapa de música, claro de río». Qué bonito eso. Mire, yo he conocido mujeres tremendas, mujeres de fuego. Mujeres que, como dice la canción de Silvio (Rodríguez), no hay libro que las aguante. Entonces, yo me ponía a pensar, cómo les cantas a esas mujeres.  Y la poesía fue la respuesta.

Hemos hablado de poetas, pero quiero reivindicar a los narradores. Usted ha conocido a Julio Ramón Ribeyro, a Oswaldo Reynoso…

Oswaldo Reynoso fue mi maestro en La Cantuta. Cuando entraba a la clase, se congelaba el lugar. Y este hombre entraba con una magia, con una cosa que tenía él. Con él aprendí el castellano por primera vez en la vida. Fue la primera vez que comprendí el idioma.

Nunca llegó a leer música.

No. Es algo tan difícil, tan abstracto. Aunque si me hubieran enseñado con un método como el que vi en Bolivia, donde a los niños de barrios pobres se les enseña la práctica musical y luego la teoría, yo creo que me hubiera ido bien.

Pero entiendo que estuvo a punto de estudiar en el Conservatorio. Hubo un concurso y prefirieron a otras dos muchachas antes que a usted.

Eso fue en la secundaria. Y eso fue racismo puro. Yo gané la beca, la gané, pero me la quitaron, y después entendí que era una niña negra, y que la música que se enseñaba en aquella época, en el Conservatorio, era para niños blancos.

¿Y usted piensa que subsisten esos problemas de discriminación?

Pienso que sí. Después de leer todo lo que decían luego de la segunda vuelta, en la elección presidencial (de 2011), yo me deprimí. Me dio una tristeza tremenda. Todavía nos despreciamos por el acento, todavía despreciamos a la gente que habla diferente.

Este tema del racismo para usted ha sido muy fuerte. El año pasado le dijo al periodista Jeremías Gamboa, en una entrevista para El País de España, que usted, cuando joven, ante la frustración y la impotencia, deseó no haber nacido negra.

Renegué de mi color, de mi pelo. Decía que me hubiera gustado no nacer así, para que no me ataquen, para que no me digan cosas, para que no violenten mi estado. Eso fue terrible. Mire, y fue más triste cuando yo me fui a trabajar a la sierra, como maestra. Acepté un puesto en las alturas de Tarma. Era una gente tan trabajadora, que te demostraba un respeto increíble. Yo me decía a mí misma: Qué equivocados estamos en la costa que no sabemos apreciar a estos ciudadanos.

Se sabe poco de su pasado como maestra, ¿nunca se afilió al sindicato de docentes?

Creo que nunca. No sé por qué. Pero los problemas de la educación en el Perú los he tocado con mis manos. He sido maestra unidocente en Tarma. Comprobé que los padres eran los más comprometidos con la educación de sus hijos. Los padres se reunían  para ver qué hacían para que la maestra de Lima, o sea yo, no se fuera. Se pelearon por mí. Y me sentía halagadísima, muy comprometida. Los niñitos me cantaban: «Negra del alma, negra de mi vida, quítame la herida que me has abierto dentro de mi pecho». Qué podía hacer. Yo lloraba hasta los zapatos.

Sufrió la discriminación y años después llegó a ser la primera mujer negra nombrada ministra, ¿se sintió reivindicada?

Sí, por supuesto.

¿Y sentía que estaba preparada para el cargo?

Sí. Yo he logrado poner mi música en los mejores escenarios del mundo, cómo no iba a estar preparada para ser ministra. Y además me decían que el ministro debía ser doctor. ¡Yo soy doctora! Lo que pasa es que hay unos prejuicios espantosos. Y el racismo también me persiguió allí.

Lo que pasa es que este ministerio (el de Cultura), que recién estaba en formación, venía con una fuerte carga burocrática. Para un funcionario de carrera ya era complicado, para un artista, para un alma sensible, lo debía ser mucho más. ¿No era por lo menos una audacia aceptar el cargo?

Sí, pero yo soy una persona muy terca…

¿Fue ministra por terquedad?

Fui ministra porque creo que hay que hacer cambios en el país y era necesario revalorar la cultura viva, a los artistas, y yo soy testigo de lo que padecemos. Cómo no iba a meterme. Además que formé un equipo impecable. Allí no se podía improvisar.

Igual se vio obligada a suspender las presentaciones que ya tenía pactadas.

Sí, pero yo no mentí, yo dije la verdad, cuando me llamaron.

¿Se lo dijo al Presidente?

Al Presidente. Yo dije que tenía mis compromisos de artista. Pero ellos me decían:  «Vas y vienes». Pienso que no me respaldaron lo suficiente. Yo sentí eso. Cuando me he encontrado con Gilberto Gil, (músico, ex ministro de Cultura de Brasil), él me decía: «A mí me atacaron Susana, no sabes, y veo que ahora te atacan a ti, pero yo siempre tuve el respaldo de Lula».

¿Usted sintió que no la respaldó el Presidente?

Bueno, al Presidente lo veía que no salía a hablar.

Es que él tiene ese estilo, habla poco.

La gente del Canal 7 andaba desesperada. Después de tener a un Presidente que hablaba todo el día, como Alan García, pasaron a tener a un Presidente que hablaba poco. Para ellos fue una frustración.

A mí se me viene a la mente, cuando imagino su situación –sin poder cantar y atada a un cargo–, el coro de El Surco de Chabuca Granda: «En una hora triste quise cantar, y dentro de mi canto quise gritar».

Qué malo eres. No podía cantar, es verdad. Por eso me sentí feliz cuando en un programa argentino, Encuentro en el Estudio, me dieron una hora completa. Allí recién pude cantar. Y claro, les canté El Surco. Se emocionaron mucho.

Hablemos de eso. Una calle en Nigeria va a llevar su nombre, la televisión argentina le dedicó una hora completa el año pasado, la televisión española hizo un documental con usted, ¿siente que afuera la quieren más que en el Perú?

Bueno, afuera se emocionaron tanto con mi nombramiento como ministra que fui primera plana en The Guardian, de Inglaterra. Entonces, siempre me pasan cosas así. Yo tengo hasta ahora una tristeza muy grande porque debía ir a un concierto en Bélgica, dedicado a la mujer, me recibían dos ministras. Y yo debía cantar en la noche principal, como ministra y como artista, porque ellas no separaban ambas cosas. Era todo junto. Yo era eso. Una mujer dedicada a la reivindicación de su origen, a difundir los ritmos afroperuanos, pero además ministra y también artista. El paquete venía junto. Les tuve que decir que no podía ir. El Congreso quería censurarme.

Una vez dijo que ganó su primer Grammy con un disco pirata. Explíqueme eso.

(Lanza una carcajada) Es que a mí nomás me pasan esas cosas. Era un disco que grabamos en Cuba, con todo el apoyo. Silvio Rodríguez se portó como un hermano con nosotros. Comprometió a Egrem, a la disquera cubana, para que nos ayudara. Trabajamos allá con los músicos cubanos.

Esto fue en 1986…

Sí.

¿Y llegaron a presentar el disco en Lima?

El disco salió. Lo presenté acá. El padrino del disco fue Alfonso Barrantes. Ricardo me decía: vamos a presentar el disco con una gran fiesta, o mejor, vamos a casarnos. Y nos casamos, así fue (se ríe). ¿Qué pasó años después?  Un empresario persa pasó por Cuba, era un momento en el que la música latinoamericana vivía un momento especial, se había redescubierto a los Buena Vista Social Club. Y  en medio de eso, alguien de Legrem vendió el disco a este empresario. Lo sacaron nuevamente, en 2001, sin permiso nuestro, sin permiso de nadie. La casa disquera de David Byrne, con la que trabajábamos, me pidió explicaciones. Qué podíamos decir. Esos eran unos piratas.

Pero para eso, la gente del Grammy ubicó el disco, el pirata.

Claro, fue elegido como uno de los nominados. Cuando me dieron la noticia yo estaba por España, por lo que llaman La Costa Dorada. Me llama Ricardo y me dice: «Susanita estás nominada al Grammy». Le pregunté con qué disco, y me dijo que era este, el que grabamos en Cuba, por el que había todo un lío. Qué iba a hacer. A veces el público me iba a ver al final de mis conciertos con ese disco, y yo les pedía, por favor no lo compren, es pirata. (Se ríe).

No llegó a ser madre, pero tiene muchos discípulos.

Tengo hijos, muchos hijos, estoy recompensadísima. Una vez me invitaron a dar una conferencia en los Estados Unidos, hace unos tres años. Al final debía cantar con unos jóvenes. Se juntaron, eran como unos tres o cuatro grupos. Esos chicos me habían escuchado, me habían seguido, desmenuzado mis letras. Esa tarde, con todos ellos, empecé a llorar. Cantaban lo mío, a su estilo, eran hijos de mexicanos, de colombianos, de venezolanos, que crecieron oyendo mi música por sus padres migrantes. Yo decía: Estos son mis hijos.

Su maternidad es musical entonces.

Sí, tengo una maternidad musical.

About the Author

Leave a comment

You must be Logged in to post comment.