Published On: Mié, Mar 29th, 2017

Sobre la amistad

La amistad social permite la existencia del Estado. Los grandes países, las naciones que dejan una huella indeleble en la historia, están fundadas en el vínculo fraterno de la amistad. El patriotismo, en su más noble acepción, es un tipo de amistad (philein) en la que un pueblo, unido por vínculos ancestrales, intenta prolongar en el tiempo la simpatía política que permite la vida en común, la unión frente al enemigo público, la devoción que despiertan las cunas y las tumbas. El patriotismo se presenta como la amistad oficial de la comunidad política y es la base para la construcción de un Estado con objetivos realistas. De allí que debilitar esta amistad constitutiva de la comunidad política equivale a socavar los fundamentos del Estado, el ente de poder que garantiza la paz social entre quienes comparten una amistad armónica y fundacional.

Ciertamente, la amistad puede ser coyuntural e inestable. Y también es jurídicamente relevante. La amistad social permite la existencia del Estado. La enemistad pública supone una declaración formal de hostilidad, llegando incluso hasta el extremo factual de la guerra. El Derecho normó estas realidades consagrando la existencia del “enemigo público”, en tanto opositor a la amistad social, que merecía ser combatido para preservar el bien común. Esta modalidad, que se enmarca en la teoría de la legítima defensa, es instrumental para analizar la realidad peruana.

El Perú republicano se construye sobre la amistad social forjada por una población mestiza a lo largo del Virreinato. Se trata, como todo proceso social, de un fenómeno inacabado, que discurre a lo largo del tiempo y modela el tipo de Estado-nación que buscamos construir.

Si la amistad es relevante desde la dimensión política, también lo es el reconocimiento del inimicus ideológico, secesionista y revolucionario, que pretende destruir la paz con el fin de fomentar la hostilidad civil. Esa hostilidad civil, en cuanto aspira a disolver los principios sobre los que se funda la comunidad política, puede configurar el delito de traición. De allí que el enemigo civil que socava la amistad de la comunidad política sea siempre un traidor en potencia.

Por tanto, la conservación de la amistad social es la garantía de la paz pública. La polarización, el sectarismo, y la persecución del que piensa distinto son actos hostiles y privados (ad utilitatem privatorum) que atentan contra el orden público (ad statum rei publicae) generando un clima de enemistad que destruye el consenso estatal.

Si queremos un Estado eficiente, fomentemos la amistad social, no el sectarismo revolucionario. La amistad, en una realidad precaria como la peruana, es inestimable. La amistad es una forma de caridad, una prolongación de la virtud. A más virtud, mejor amistad. En De amicitia Cicerón sostuvo, acertadamente, que “[…] la naturaleza no ama la soledad y siempre busca algo en lo que apoyarse: no hay apoyo más agradable que el de un gran amigo […]”.

Los que quitan la amistad de la vida parece que privan al mundo del sol. En la defensa de la verdad, en la propagación de los principios, en la expansión de la caridad, en todo noble combate, el amigo fiel es pieza fundamental, es el hermano elegido voluntariamente, el compañero invaluable que camina contigo hacia el absoluto. Y, por supuesto, cuando llega el peligro el verdadero amigo aplasta a la serpiente y te defiende de un león.

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