Published On: Mié, Oct 28th, 2015

Shylock y el Quinquenio Perdido

eduardoEn una entrevista periodística, el congresista Víctor Andrés García Belaunde califica de “imposible” la cifra de 69 mil fallecidos durante los años de la guerra sucia peruana. ¿Dónde están sus partidas de defunción?.- se pregunta.

En respuesta, Salomón Lerner Febres, expresidente de la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, señala que hay muchos más, y frente al drama que viven sus parientes, le parece que pedir una partida de defunción es una broma de mal gusto. Difícil de imaginar que los victimarios la hayan puesto encima de los cadáveres.

Eso me hace recordar algo que escribí sobre Shylock, el personaje de Shakespeare.

“Con medio millón de muertos, cambiamos la historia”:

Cifras más o cifras menos, hace algunas décadas, este raciocinio fue compartido por un general del ejército encargado de combatir la subversión de Sendero Luminoso, y por el líder de los alzados en armas. Con generosidad atroz, uno prometía la justicia social y el otro la paz sobre una montaña de cadáveres. De acuerdo con la Comisión de la Verdad y la Reconciliación, ambos bandos cumplieron con su palabra con la más honesta y laboriosa perversidad.

La CVR culpa a Sendero del 54 por ciento y a las Fuerzas Armadas del 31 por ciento de unas 69 mil personas muertas o desaparecidas.

Esta solución, compartida por el Estado y sus enemigos, no es nueva ni necesariamente peruana. Es el tajo de carne que soluciona cualquier problema. Es el remedio de Shylock.

En la escena de Shakespeare, Shylock, el avaro prestamista, establece en una cláusula que, en caso del incumplimiento de su deuda, Antonio tendrá que saldarla con una libra de su propia carne. El mercader de Venecia tiene que aceptar para recibir tres mil ducados que son esenciales para sus negocios.

Como el lector recordará, es Porcia, la bella, inteligente y ciertamente experta en derecho, quien interpreta la ley veneciana y le muestra el otro filo de la misma al agiotista: Muy bien, Shylock debe cortarle a Antonio esa libra de carne para hacerse pago de la deuda, pero tendrá que obtenerla de un solo tajo y sin efusión de sangre.

Lo que sobre o falte de la carne le será cortado a Shylock.

El tajo de carne se produjo miles de veces en el Perú, pero ningún problema se ha acabado. El tajo de carne fue expuesto muchas veces como solución por la simplicidad de un presidente semianalfabeto con un título técnico dudoso que no se mostraba en su particular uso del castellano.

Un tajo de carne no soluciona ningún problema. Ni un país se torna socialista, ni la paloma de la paz llega volando. Más bien, hay necesidad de más y más tajos de carne; la tierra, en vez de papas, produce calaveras; y el dolor y el odio, hermanados para siempre, suplantan la prédica del perdón y del amor presentes en las lecciones del dulce rabí de Galilea.

Pasadas dos décadas de esa guerra y con un presidente que participó en ella, se esperaba de él una actitud como la del presidente Santos en Colombia quien está poniendo fin al sempiterno conflicto de su patria. Sin embargo, no ha sido así.

Las recomendaciones de la CVR son letra muerta para este gobierno. Los familiares de miles de peruanos desaparecidos no encuentran apoyo estatal para hallar los restos de sus seres queridos. Cumplidas sus largas sentencias, muchos presos encuentran severas dificultades para salir de los penales.

El gobierno parece hacer un distingo muy grande entre los terroristas “malos” a los que quisiera enterrar vivos y los terroristas “buenos” que hicieron terrorismo de estado, pero a quienes se les puede nombrar incluso ministros.

En la maraña de sus múltiples problemas, el señor Humala parece no sentir que el tiempo ha pasado, y camina robotizado como si todavía disparara contra fantasmas en estos años que algún día llamaremos el Quinquenio Perdido.

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