Published On: Sáb, Nov 15th, 2014

Salvo la meritocracia, todo es ilusión

martinReía el otro día con mi buen amigo Víctor Andrés Ponce sobre el espejismo de la meritocracia en este país. El orden del buen gobierno siempre ha estado vinculado a dos factores: la inteligencia y la virtud. Pero en el Perú imperan sus antónimos: el vicio y la criollada. El viejo apotegma escolástico sostiene que han de gobernar “qui in virtute intelectiva excedunt”, esto es, los que sobresalen por la virtud de la inteligencia. Pero en el Perú es, normalmente, al revés. De esta forma, el liderazgo de calidad es reemplazado por el peruanísimo “peor es nada”. Y así nos va.

El problema del país no tiene que ver tanto con las instituciones como con las personas. Antes que las reglas de juego y los procedimientos están los agentes, los enforcers, los líderes. Sin líderes, no hay regla de juego que valga. Es preciso mejorar las instituciones, pero el shock institucional no llegará jamás si no tenemos a los agentes que implementen las medidas. Esta es la regla número uno de la gerencia y es lo que separa al teórico que lloriquea por los problemas de aquel que busca una solución. El shock que necesita el país no es ni institucional ni social. En realidad, no necesitamos de un shock sino de la lenta y rutinaria formación de líderes y de la aburrida implementación de políticas de Estado de largo aliento. Sin liderazgo, la política es una quimera, un paper fatuo e intrascendente, una triste y agobiante ilusión.

La nueva generación de líderes que precisa el Perú tiene ante sí un desafío enorme. Campea por doquier una profunda molicie, una severísima mediocridad. Lo primero, audacia (audacter). Lo segundo, firmeza (firmitas). Y lo tercero, vocación de servicio que prensa en los mejores. Todo el poder a la meritocracia, porque salvo la meritocracia, todo es ilusión.

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