Published On: Lun, May 19th, 2014

«En Perú, desde 1980, solo hay dos tipos de presidentes: los outsiders y Alan García»

 

roncaglioloSantiago Roncagliolo, escritor y periodista. Desde el 2000 vive en España. En 2006 ganó el Premio Alfaguara de Novela con su libro Abril Rojo. Otra de sus novelas, Pudor, fue llevada al cine en 2007. Este año ha publicado La Pena Máxima, novela ambientada en la Lima de 1978.

Suplemento Domingo Diario La República

Hay una contradicción en la vida de Santiago Roncagliolo. Hasta los doce años fue hincha del Alianza Lima. Era una pasión juvenil a la que renunció cuando ocurrió la tragedia del Fokker que llevaba al equipo íntimo. Ya tenía problemas en casa, sus padres estaban divorciándose, y seguir con Alianza era una manera de alargar el dolor, de perpetuarlo. Años después, a inicios de este siglo, Roncagliolo se mudó a España. Era un migrante que se buscaba la vida que terminó identificándose con un club perdedor y que presumía de serlo: el Atlético de Madrid. Pasó muy rápido. El muchacho que le dio la espalda a Alianza terminó por aceptar que sufrir por un club no era tan malo. Hoy, algo de eso ha cambiado, Roncagliolo es uno de los narradores peruanos más importantes y el Atlético de Madrid  ha llegado a la final de la exigente Liga de Campeones. El triunfo, esa quimera, los acecha de cerca.  

En menos de dos meses has usado tu columna de El País para confesarte hincha del Atlético de Madrid y escribir una columna sobre Gastón Acurio que titulaste, ‘Por favor, gobiérnanos’, ¿vas a seguir revelando tus afectos en tus artículos? 
– (Se ríe) Nosotros somos latinos, nos gusta la pasión. Cuando empecé a escribir artículos en El País me inspiraba en The Guardian (Inglaterra) o en New York Times (EE.UU.). Eran artículos escritos de un modo analítico, distante y un poco irónico. Pero de pronto me di cuenta que nadie estaba leyéndome.

Caramba. 
– Sí, es verdad. Y me di cuenta que lo que queremos los hispanos es saber en contra y a favor de quién estás. Queremos un poco más la pasión que el análisis. Y eso me gusta, me gusta hacerlo así. Si logras emocionar a tu lector, lograrás hacerlo pensar. Lo contrario es más difícil. 

Ahora, me pareció interesante la asociación que hacías entre los migrantes y el Atlético de Madrid. El último es un cuadro poco acostumbrado a los triunfos, que está a punto de ganar la Champions, y los migrantes sudamericanos en España ven –en medio de la crisis– cómo la economía de sus países prospera. 
– Bueno, yo soy el último migrante. Todos mis amigos están volviendo masivamente al Perú, a Colombia, a Argentina. Y muchos de ellos son hinchas del Atlético, porque siempre fue un club perdedor. Y lo que hoy representa el Atlético es el momento en que el perdedor de repente empieza a ganar. No es casualidad que el técnico del Atlético sea argentino (Diego Simeone), y tampoco es casualidad que le digan ‘El Cholo’. Es muy metafórico todo eso, grafica lo que está ocurriendo en el mundo hispano. 

¿Y qué tienes en contra de los ‘vulgares triunfadores’, como has llamado  a los hinchas del Barza y del Real Madrid?
– No tiene gracia ser hincha de un cuadro que siempre gane. Yo crecí en Lima. Yo tenía 7 años cuando fuimos por última vez al mundial y además nos fue pésimo. Siempre entendí al fútbol como un sentimiento de derrota. Creo que los que perdemos disfrutamos más la victoria. Y los del Real Madrid y los del Barcelona, cuando quedan subcampeones, cambian de entrenador y lo insultan. Cuando nosotros ganamos o cuando empatamos con alguien bueno nos sentimos felices. A la larga creo que somos más felices que ellos. 

Pues, quienes lean esto te van a ver como un vulgar conformista. 
– Que lo hagan. Estoy acostumbrado a la derrota. Me han pasado cosas peores (se ríe). 

Hablas con tanta pasión de los migrantes, pero ya tienes 14 años en España, ¿te sigues sintiendo un forastero por allá?
– Peor. Yo creo que soy un forastero cada vez en más sitios. A estas alturas no seré nunca un español, pero ya miro el Perú desde fuera. La gente en el Perú piensa que no hablo como un peruano. 

Debo confesar que es verdad. 
– (Lanza una carcajada) Pero los españoles no creen que hable como español, simplemente me he convertido en un turista en todas partes. Yo veo al Perú desde la distancia, y creo que eso es bueno para escribir. Con el tiempo es verdad que terminas siendo un forastero en todos lados, pero también creas vínculos. Mi trabajo ahora es explicar el Perú a los españoles y España a los peruanos. Eso me gusta. 

Eres un hombre bisagra. 
– Sí, aunque suena un poco feo. Si encontramos una palabra más bonita estaré de acuerdo. 

Ahora, La gran ola de migración fuera del país se dio en los 80, con inflación y terrorismo. En los 90, con Fujimori y Montesinos, la cosa continuó. Pero tú te fuiste en el 2000, ¿Dirías que fuiste un migrante tardío?
– No sé si fui tardío. Los que eran mis amigos se fueron masivamente. Para el 2000, los que éramos periodistas estábamos bastante deprimidos sobre lo que se podía hacer, y también había recesión. Eso se ha olvidado, en los últimos años de Fujimori hubo una recesión muy fuerte y poco trabajo. Es verdad que ya afuera uno se da cuenta de que hay una gran diferencia entre los migrantes de Alan y los migrantes de Fujimori. Odiamos cosas diferentes. 

Así que hay categorías entre los migrantes. 
– Más que categorías son grupos distintos. Los migrantes de Alan son más conservadores. Nosotros tiramos más contra las políticas de Fujimori, somos más progres. 

En el 2007 escribiste un artículo en el que concluías que el debate entre narradores costeños y andinos ya había concluido, y que los escritores peruanos contemporáneos –te voy a citar– “han optado por crear sus propias geografías personales”.  ¿Qué significa eso? ¿La migración sigue pero es literaria?
– La literatura, hasta los 80, vivió en un mundo de Guerra Fría. Y eso se tradujo en los escritores. En los andinos que eran más cercanos a Arguedas y los costeños que eran cercanos a Vargas Llosa. Pero si tú te fijas en los escritores de mi edad, eso ha cambiado. El escritor más social, que es Daniel Alarcón, escribe en inglés. El escritor Jeremías Gamboa es el más vargallosiano, pero él viene de Ayacucho y recoge a Ayacucho en su obra. Una escritora como Gabriela Wienner escribe sobre la experiencia de una peruana en España. Esa oposición andinos contra costeños es de la Guerra Fría, es de nuestros padres…

Además que hay escritores que crean sus propios universos, su narrativa no está ubicada  en ningún lugar específico, como Iván Thays. 
– Thays, a veces (Carlos) Yushimito. Mira, ahora que estuve en la Feria del Libro de Bogotá, alguien me preguntaba cuáles son los temas de la narrativa peruana. Y yo le decía que ninguno en particular. Precisamente, lo bueno que tiene la literatura peruana es que es muy variada.  

Pero el riesgo de que te hicieran esa pregunta es que probablemente no nos leen.

– No. Esa pregunta era una falta de respeto. Tú no preguntas cuáles son los temas de la literatura norteamericana. Cuando preguntan ‘cuáles son los temas de la literatura peruana’, asumen que somos un pueblito chiquito que tiene dos o tres escritores, con dos o tres temas, y esa es una manera de menospreciarnos. 

Y si es verdad que tú consideras que los narradores peruanos están tratando de crear sus propias geografías personales, ¿cómo es que este año nos sorprendes con La Pena Máxima, una nueva novela ambientada en el Perú?
´Es que ya era hora. Precisamente yo estaba tratando de hacer cosas distintas. De hecho mis últimos libros no están ambientados en el Perú. Y creí que debía hacer este regreso después de ser padre. Soy padre de un pequeño catalán y debo explicarle de dónde viene. En los últimos años, para contarle a él su historia, he tenido que hacer un regreso a mi propia historia. 

¿Y qué es La Pena Máxima? ¿Es una novela que denuncia el eslabón peruano en la cadena de atrocidades de la Operación Cóndor, un relato sobre el fútbol como la gran cortina de humo del mundo contemporáneo, un lamento por el 6-0 que nos hizo Argentina en el mundial del 78 o ninguna de las anteriores?
– (Se ríe) Yo diría que todas las anteriores y diría una más. Es el regreso del fiscal Chacaltana, del que yo había tratado de mantenerme alejado durante una temporada, pero que esta vez se apoderó de la novela, se la llevó de encuentro. Yo estaba tratando de que él, como personaje, no contara ninguna novela más. Abril Rojo (la novela en la que aparece por primera vez el fiscal Félix Chacaltana) tuvo tanto éxito que corría el riesgo de encasillarme, de que solo escribiera sobre eso. Pero esta vez vino y tomó las riendas de la novela. Su mirada me sirve para contar muchas cosas del Perú y de los lados más oscuros de nuestra historia. 

¿Solo se puede contar las cosas oscuras de nuestra historia desde la mirada de un fiscal ingenuote?
– Es que tiene que ver con mi propia experiencia como empleado público. Yo era muy joven y bastante ingenuo. Casi toda la mirada ingenua del fiscal Chacaltana es la mía cuando me enfrentaba a las cosas horribles del Perú, con un candor casi infantil. Creo que eso es lo que hace muy popular a Chacaltana. Todos los sudamericanos miramos a nuestra historia y de pronto nos preguntamos, ¿y esto cómo ocurrió?, ¿y esto por qué ocurrió? A veces elegimos ser ingenuos. Esa es la mirada de Chacaltana. Él forma parte del Estado Peruano y siempre quiere pensar que es bueno, pero en sus novelas se da cuenta de que posiblemente está en el bando equivocado. 

 ¿Eras como Chacaltana cuando trabajabas para la Defensoría del Pueblo?
– Me temo que yo sigo siendo como Chacaltana en muchas cosas. Somos intelectuales de clase media, que le decimos al mundo cómo debe ser, y el mundo nos da tres bofetadas y se burla de nosotros. 

Hay una frase que me llamó la atención de la novela. Chacaltana está en Buenos Aires, minutos antes de que empiece el partido entre Perú y Argentina y el taxista que lo lleva le dice: “Nos hemos gastado una guita impresionante por transmitir el mundial en color, el problema es que aquí todos tenemos tele en blanco y negro”.  A la distancia, se parece a lo que está pasando ahora en Brasil, que está invirtiendo un montón de plata en el mundial, a pesar de que tiene problemas más urgentes. 
– Mira, no lo pensé así. Pero es interesante lo que dices. Lo que pasa es que ese simplemente es un hecho. Los videos del mundial del 78 están grabados en color, y en Argentina creen que los vieron en color, pero en ese momento todo era en blanco y negro. En verdad, la tuya es una buena metáfora. Llevo varios días viendo noticias de Brasil en las que se dicen que sus infraestructuras son un desastre, que la corrupción es gigantesca, que se han gastado más dinero del que debían y que hay unas protestas sociales enormes…

O que están ocultando a sus pobres. 
– Sí, pero los están ocultando bastante mal. Y eso es lo que me parece interesante. Pasan cosas horribles en Brasil. Y el mundial no les sirve para que no se vean, al contrario, sirve para que se noten, para que los noticieros de todo el mundo hablen de eso. Y por eso es mejor que lo que pasó en Argentina. En el mundial del 78 pasaron cosas atroces, pero nadie sabía que estaban pasando y nadie podía hablar de ellas. A su extraña manera, han pasado cuatro décadas y lo de Brasil es bastante mejor que Argentina. 

¿Tú y tu familia fueron deportados en el gobierno de Morales Bermúdez (1975-1980)? 
– Sí, técnicamente. Mi padre (el excanciller Rafael Roncagliolo) fue expulsado y yo, a los dos años, tenía un salvoconducto como perseguido político. 

¿Un perseguido político a los dos años?
– Sí, por allí debe estar todavía ese salvoconducto, en casa. 

¿Llegaste a salir del país?
Mi padre salió varias veces, pero cuando se fue definitivamente toda la familia le dio el alcance. De niño siempre escuchaba las historias de mi papá y sus amigos disfrazándose para entrar a las embajadas, metidos en aviones y enviados a países lejanos. De todos modos, tuvimos suerte, y eso es algo que está contado en La Pena Máxima. Si mi padre hubiera sido chileno o argentino estaría muerto. 

Y si tu familia sufrió los rigores de la dictadura de Morales Bermúdez, ¿esta novela, que hace un señalamiento a ese régimen, termina siendo una manera de reivindicarlos?
– No. Son historias que siempre escuché en casa. Para mí lo que era interesante de esta historia es precisamente ese gris de la época de Morales Bermúdez. O sea, yo creo –y los amigos de mi padre que estuvieron perseguidos también lo creen– que nuestros militares en la década del 70 eran más civilizados que los de los vecinos del cono sur. Y lo que me interesaba era ese gris. Es decir, a lo mejor tú no eres tan malo, pero tu vecino puede ser un asesino, y si tú no haces nada, te conviertes en cómplice. 

Hablemos de la construcción de la novela. He leído que tuviste que ver todos los partidos del Perú en el mundial del 78. ¿No es un poco masoquista sentarse a ver el 6 a 0 que nos hicieron Kempes y compañía?
– (Se ríe) ¿Tú sabes que ese partido no lo encuentras en Lima? Los primeros partidos, en los que nos fue bien, los puedes encontrar piratas, pero este en particular no tiene mucho mercado. Así que tuve que conseguirme una copia argentina, narrada por un periodista argentino, que cuando ya van ganando 2 a 0 empieza a decir: “La Argentina ganará seis a cero, pero podrían ser osho, podrían ser diez. ¡Miserable!”. 

Tú dices que no eres de izquierda, pero a veces suenas muy zurdo. 
– A ver, yo crecí con los valores de izquierda y aún creo que los tengo. Lo que no hago es repetir consignas, tanto de izquierda como de derecha. 

Tu padre, Rafael Roncagliolo, es un hombre de izquierda, ¿cómo se hace para escapar de esa influencia?
– (Se ríe de nuevo) A ver, antes decía en público que era de la izquierda caviar, pero mi padre me dijo: No te hagas ilusiones, tú solo eres caviar (lanza una carcajada). Yo no trato de escapar de su influencia. Él sí es un hombre de izquierda, pero también es el hombre del Acuerdo Nacional, y lo que siempre ha pensado es que debemos ponernos de acuerdo, con quien sea. 

Tu libro La Cuarta Espada fue muy controvertido en Lima. ¿Comparar la ideología de Abimael Guzmán con la fuerza de Luke Skywalker fue una ligereza o una manera de hacerle guiños al mundo de los frikis?  
– Eso fue una manera de explicárselo a la gente joven. A los intelectuales les parecía terrible eso, y creo que no son conscientes de que hay una generación que vota y que no vio nada de lo que hizo Sendero, por lo cual no entienden nada de esto. Si quieres explicarlo, no puedes seguir usando la terminología de un doctorado en sociología. Tienes que buscar una manera sencilla de decir las cosas. Y ese libro sigue siendo muy vendido en universidades y colegios. A mí me importaba que fuera un libro para los peruanos, no para altos intelectuales. 

¿Y por eso es que ponías a Wikipedia como fuente de tu investigación?
– Mira, a mí me interesaba buscar toda la información que había en el aire sobre eso, qué es lo que había en la cabeza de la gente sobre esto. Y también quería llenar algunos vacíos que encontraba en mis investigaciones.

Cuando empezamos cité tu artículo sobre Gastón Acurio, ¿en realidad piensas votar por él si se presenta?
– No. El artículo era un perfil. No es que yo quiera que él nos gobierne. Ni siquiera puedo responder a la pregunta. Primero habría que ver si es candidato. Ahora, tengo claro que sería un candidato espectacular, y te lo digo porque en el Perú, desde 1980, solo hay dos tipos de presidentes: los outsiders y Alan García. 

¿Hay una categoría ‘Alan García’?
– Sí, es una categoría única. Y ante eso, Acurio tiene la oratoria de García y las cualidades de un outsider. 

Acabamos con una cosa más sobre migración. En 2012, en las fiestas de fin de año, le escribiste una columna a tus hijos. Les decías “crisis como las de Europa ya habían ocurrido en el Perú en los 80, y en México en los 90. Esto se está convirtiendo en una lotería global. Así que, sean de donde quieran, pero tengan siempre la maleta lista para huir”. ¿El ideal de la vida es estar siempre listo para ser un forastero? 
– No, (se ríe), me temo que eso ha sido siempre mi vida. Y era lo que podía comunicarle a mis hijos, pero no se lo recomiendo a nadie. De todos modos, pensando en el lector español, debo decir una cosa. A veces escucho en España: “Qué horror, tenemos que emigrar”. Y yo les respondo: “Bueno, y qué pasa, cuando nosotros emigrábamos no les parecía tan malo el sistema”. 

 

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