Published On: jue, Abr 25th, 2019

Quién mató a Charlton Heston

1.-En Lima, en los años 50, los cines no dejaban de exhibir los clásicos de Semana Santa. Las salas devenían en iglesias. Al ritual religioso, además, había que ir al cine como liturgia para quitarse los pecados. Igual que en la ciudad de La Habana, Cuba. Investigando, la cosa era más o menos igual. Están además los testimonios de Guillermo Cabrera Infante sobre aquellas inmensas salas habaneras de antes de la Revolución donde los espectadores lloraban a mares ante el calvario de Cristo. Hoy aquellas salas no existen más. Se dice que hasta 1958, la capital cubana era la ciudad con más cines en Latinoamérica. Estoy frente al cine Yara en La Habana –que antes se llamaba Radiocentro y donde se puso de moda el Cinerama– y ya casi no se exhiben películas. Más allá el cine La Rampa luce cerrado y ni hablar del Campoamor, el Riviera o todos los cines de Centro Habana, el Vedado o Marianao, clausurados y en ruinas por déficit de sueños, como en Lima.

Y cito a Cabrera Infante porque las salas de cine fueron para él más que el lugar el lagar. Campo de iniciación sexual y purificación espiritual. En sus primeras novelas, GCI recorre los cines como un Colón cínico –por su amor al cine– y lo encontramos en el Cervantes, Ideal, Encanto, Verdún y Alkázar. Ahí hace maridaje de su amor fugaz por las mujeres y su pasión eterna por el cine. Y cuando cuenta de las películas, entonces aparecen actores y actrices, y cómo no, directores. Todos ángeles y demonios. Desde Charlton Heston a Yvonne de Carlo y al maestro Cecil B. De Mille. Todos también hoy atrapados en los cines Negrete, Reina, Favorito, Infanta, Astor o Neptuno, cines habaneros donde la memoria es la muerte de las melancolías.

Y aunque en La Habana no haya Semana Santa, sí existe la memoria del rito religioso en los cines a través de sus películas. Los habaneros que son duchos en los recuerdos, aunque antes de Castro esa memoria no tiene technicolor, mantienen aquello de las procesiones, festividades, recogimiento, asueto y descanso para algunos, fervor religioso para otros. Y cada uno tiene su película o su Jesucristo favorito. Y aparece el pugilato: ¿Cuántas películas existen con la pasión, muerte y resurrección de Cristo? ¿Cuál fue la primera? Y entonces descubro que su erudición me lleva hay de filmaciones antigua o metraje que se creía perdido en filmotecas, archivos y sótanos particulares.Y entonces les pregunto ¿Cuál es la mejor? Y al unísono me dicen que de lejos gana Los Diez Mandamientos.

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El cine Yara en El Vedado La Habana y que antes se llamó Radiocentro.

2.

He dicho que en Lima la Semana Santa vale una misa si uno no se reencuentra una vez más con el tal Heston. De niño, sus películas eran parte del ritual familiar o Ben Hur o Los Diez Mandamientos. Ha pasado tanto tiempo y Heston sigue en cartelera. En realidad Charlton Heston era un Dios sin título. Pero como diría el profesor Fernando Ruiz, cada Jueves Santo el artista luce más viejo y eso que el tiempo en el cine corre distinto que de aquí a la eternidad. La Pascua de Resurrección no es tal sin el Moisés correteado por Ramses, el faraón calvo –Yul Brinner tiene lo suyo en la leyenda— y buscando un atajo frente al Mar Rojo que en realidad era verde y esa imagen, quizá la más célebre en la historia del cine, marcará una vez más el fin de un fin de semana agobiante y sediento hasta el pecado.

Y si no fuera por Heston la edición especial reciente en tres DVD y la publicación de las memorias de Cecil B. De Mille recuerdan que hace más de 50 años se construyó el Gólgota de los amantes mamantes de Séptimo Arte y la Octava Maravilla del Mundo que no es otra cosa que esa ventana llamada pantalla –líquida, plana, con cortina o desnuda—donde uno ve cosas y qué cosas. Fue en octubre de 1954 cuando Cecil B. De Mille [1] –un repugnante anticomunista–, muerto físico en 1959 y nacido químico en el S.XIX, más su equipo, zarparon con destino a El Cairo para comenzar el rodaje de una de las grandes obras de la historia del cine.

No iban en busca de un guión. Los Diez Mandamientos, ese código de la fe fidedigna, fue filmada a imagen y semejanza de las investigaciones que realizó Henry Noerdlinger durante décadas –el libro editado por la Universidad de California del Sur tiene ese título: «Moisés y Egipto», está agotado, el mito no–. Cecil, que era su nombre de hombre, rodó por tercera vez esta última versión de Los Diez Mandamientos con un rigor envidiable. Es decir, la película tenía de aventura, religión, drama, pasión, historia y verdad.

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Escena de la película Los diez mandamientos con Yul Brinner.

3.

Cosa extraña al cine que nos hace creer a muchos que todo es mentira menos su verdad. Todos y cada uno de los elementos de la película están reconstruidos según la documentación histórica más rigurosa, incluso las Tablas de la Ley y los grabados que en ella aparecen. De Mille dijo que hizo la película con la misma creencia que los arquitectos construyen catedrales o los picapedreros las imágenes de Judas según el Evangelio de la Nacional Geographic Society, es decir, emplear el arte para dar testimonio de la grandeza de su fe.

Más de un año duró el trabajo. Era un reparto de estrellas. La figura fue Charlton Heston, cuyo parecido con la célebre estatua de Moisés creada por Miguel Ángel le proporcionó el papel, en una de las cumbres interpretativas de su leyenda y tiene en su contraparte a Yvonne de Carlo y Anne Baxter; esas eran pura barra de mujeres. Se dice incluso que sólo un milagro salvó del infarto a De Mille en la primavera de 1955. El rodaje concluyó el 13 de agosto de 1955, pero el montaje final no estuvo listo hasta febrero de 1956. El estreno tendría lugar a principios de noviembre de 1956. Los Diez Mandamientos batió todos los récords de taquilla y se convirtió en la segunda película más popular de la historia del cine, tan sólo por detrás de Lo que el viento se llevó.

Un dato. La conmemoración de los 50 años de LDM obligó a la Paramount ha lanzar una espectacular edición en DVD con cuatro discos llenos de extras, entre ellos la primera versión de Los Diez Mandamientos realizada por el propio De Mille en 1923 donde la historia bíblica es el prólogo de 45 minutos y el resto del metraje corresponde a una historia moderna de una familia donde uno de los hermanos representando al bien, y el otro al mal. Entonces, eso de los celos viene de antiguo.

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En una motoneta Vespa, Heston pasea con el actor Stephen Boyd

4.

Y como lo escribí hace buen tiempo, hasta el cierre de esta edición, muerto Cecil él sigue y sigue llamándose Charlton Heston. Qué ocurrencia los años no pasan en vano. Cada Semana Santa Heston vuelve pero esta vez me cuentan se ha comenzado a olvidarse de sí mismo. Sus fans no lo olvidan, el Moisés-Heston de Los Diez Mandamientos, sin embargo ha quedado atrapado en el mal rojo del Alzheimer, aquel apellido tenebroso que describe un proceso acelerado de demencia que ataca ahora a más de 20 millones de personas en todo el planeta. Y Heston de 81 años, antes que se olvide, que declarado hace tres años, leyendo un pronter su irremediable daño cerebral, pues que desde esa vez ya se olvidó de leer.

Cacofónico más que arrugado, balbuceó que sufría de avaricia material y afectiva, debilitamiento amnésico, rigidez del pensamiento y conducta, conservadurismo e idealización del pasado. Heston ha perdiendo la memoria, y dice la familia que hoy sólo recuerda aquello que acometió cuando tenía 20 años, es decir, cuando lucía mechón en el pecho pero que se olvidó también el rodaje de su descomunal Ben Hur. Sus médicos aseguran que conforme pasen los días, irá perdiendo la imagen y detalle de su pasado año tras año hasta recordar sólo los días de su niñez, es decir, cuando sus padres en navidad lo colocaban en el lugar principal de los nacimientos por su parecido al niño Jesús. Heston no ere de Belén, había nacido en Illinois pero aquello no le daba derecho de sur un derechista feroz.

Qué duda cabe, era el típico actor ‘todo terreno’. Un sujeto extrapolar tan querido como odiado que no faltó a ninguna de las películas épicas desde los cincuenta para terminar haciendo filmes infames de ciencia-ficción. No obstante, lo que sus detractores jamás podrán perdonarle es su talante reaccionario, esa fervorosa militancia en el partido republicano y su abominable actitud de ser el látigo de la derecha conservadora, atacar a los homosexuales [decía que deberían quedarse en el armario –conozco gay claustrofóbicos–] declarar su ojeriza a los abortistas, reclamar su pavor público a dejar pasear a su hija de 21 años al lado del entonces presidente Clinton y su defensa cerrada al derecho de portar armas en la cartuchera. Cierto, no en vano hasta hoy es el presidente honorario de la Asociación Americana del Rifle y también –recuerdan sus íntimos—que dedicaba su tiempo libre a organizar actos de caridad con el Instituto Will Rogers mientras añoraba la negra edad de oro del KKK.

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5.

Los cinemeros limeños de viejo cuño recordaran al hercúleo Charlton con taparrabos, con cartucheras o con tremenda espada; ora en el catálogo de personajes históricos encarnando a Buffalo Bill o a Inka Capac, ora a Moisés, Marco Antonio, El Cid, Miguel Ángel, el Cardenal Richelieu o San Juan Bautista. En aquel tiempo, en Surquillo, el cine Primavera se ubicaba frente a la iglesia San Vicente de Paul. Yo púber, hice del cine mi religión. Mejor dicho, entre el ecran y el altar, entre las butacas y las bancas, el cielo estaba a tiro de piedra. Así, yo infante, me imaginaba que si Dios tenía rostro de justo y de bondadoso, entonces debía parecerse a Heston.

Charlton que en realidad se llama Charles Carter está casado desde 1944 con Lydia Clarke, una rubia tipo Kim Novak –mucho sexo poco seso– a quien conoció en la agencia de modelos de Nueva York donde trabajaban ambos. Luego se instalan en Hollywood cuando Chuck –esa era su chapa– fue requerido por William Dieterle, un director de cine B y C quien le obsequió con su primer papel en el film Ciudad en sombras [1950]. Heston caballuno y con un atractivo erótico cuasi bíblico, se transformaría en un tris en un auténtico mito del celuloide épico.

De esa época épica son sus filmes El salvaje [1952] de George Marshall, El mayor espectáculo del mundo [1952] de Cecil B. De Mille, El triunfo de Buffalo Bill [1953] y El secreto de los Incas [1954], estas últimas de Jerry Hopper. Luego trabajó en Cuando ruge la marabunta [1954] de Byron Haskin, Los diez mandamientos [1956] del ya mencionado Cecil, Sed de mal [1958] de Orson Welles, Horizontes de grandeza [1958] de William Wyler y Ben-Hur [1959], también dirigida por Wyler. Mientras gozaba de fama era un caza comunistas en el mejor estilo del senador Macarthy. Por ahí he leído que sólo le faltaba trabajar en dos últimas películas. «Heston en el planeta de los teletubbies» y «Por quién doblan las películas» de Ernesto Hemingway, borracho de amargo y en Sevilla antes de una corrida de Ordóñez en un mano a mano con Luís Miguel Dominguín.

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Así era Heston el memorioso, hoy abrazado por los olvidos. Cuando hizo de El Cid, con ojos de carnero degollado, yo lo recuerdo ahorita no más que declama ante la carne trémula de Sophia Loren: «je t’aime, Ximene!». La mirada, la frase y el verbo hecho carne le quedaron muy mal frente a los pechos de Sophia que le quedaban muy bien. Ese fue Heston, un actor que se creyó Dios y que hoy se olvida que entre la Biblia y el cine, los inmortales a veces van a dar al infierno y Judas no era tan malo.

Heston tuvo un paso muy breve en La Habana y salió “as a soul that takes the devil” es decir, como alma que se lleva el diablo.

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