Published On: Mié, Abr 5th, 2017

Política de la reconstrucción

Se necesita un escenario de unidad nacional. Un esfuerzo de reconstrucción eficaz solo puede surgir de una política de unidad. La política estatal de la reconstrucción tiene que fundarse en la unidad de los partidos. Esta unidad, como es natural, tiene que estar basada en una mayoría, no en la unanimidad de todos los sectores del espectro partidista. Esta unidad no implica homogeneizar los principios de todos los partidos políticos, aunque sí requiere un programa mínimo de convergencia en torno a las prioridades de la reconstrucción. Ciertamente, para eso es imprescindible reconocer que toda reconstrucción tiene prioridades. Y en torno a ellas, consensuar una política capaz de agendar de manera efectiva los primeros pasos en función al lema de “una sola fuerza”.

El problema surge cuando la idea de “una sola fuerza” se ve menoscabada por la confusión en las prioridades (o su falta de formulación) y por los ataques a los partidos políticos que tienen que formar la unidad sobre la que se debe reconstruir el país. Es un ejercicio arriesgado buscar la unidad partidista si al mismo tiempo se fomenta de manera directa o indirecta el ataque a los partidos imprescindibles para la reconstrucción. El empleo de un doble discurso, por un lado unionista y por otro disociador, provocará inevitablemente un bloque en la opinión pública y el desenlace es conocido por todos: la enemistad política se impondrá con un coste negativo que pondrá en riesgo la reconstrucción. En tal escenario, todos perdemos.

La política de la reconstrucción necesita un escenario de unidad nacional. Sin embargo, la realidad nos presenta algo distinto. Estamos inmersos en una guerra de baja intensidad política en la que, durante unas semanas, la sensación de tregua se prolongará. La población mayoritaria apuesta decididamente por la unidad de los políticos para reconstruir el país. Por eso, castigará a quienes buscan torpedear la unidad. De allí que aquel que predica la paz pero lanza la piedra del ataque, tiene que ser denunciado por destructor de la unidad. La reconstrucción es imposible si condenamos al país a un doble discurso. O logramos la definición de una agenda consensuada para la reconstrucción o promovemos una política disolvente que será tan catastrófica como los elementos naturales. Reconocer este extremo (la agenda debe ser consensuada, no impuesta) también nos permite identificar el alcance de nuestra polarización. El Perú está creando a una velocidad peligrosa barreras artificiales fomentadas por estrategias políticas peligrosamente rupturistas.

Sabemos que la destrucción del consenso solo favorece al radicalismo. Pero no comprendemos que la polarización acelerada que la clase dirigente es incapaz de conjurar no responde a la realidad del país. Es una polarización de élites, no de masas. Y cuando la élite no gobierna, las masas se rebelan. Agudizar las contradicciones no soluciona ningún problema en el Perú, agrava los males del país. De la destrucción tiene que surgir un consenso que permita, sin dobles discursos ni ataques velados, asegurar la estabilidad evitando que surja el radicalismo. Probablemente esta sea la última oportunidad para gobernar.

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