Published On: Lun, Jun 13th, 2016

Pobre clase dirigente

martinCulpable de que el Perú siga siendo un país invertebrado. Los resultados de las recientes elecciones han desnudado la precariedad del liderazgo de nuestra clase dirigente. Algún idiota indicará que esta no existe, pero basta con pasar un par de años en el Perú para comprender que está viva aunque vegete en un ataúd. Este era el diagnóstico que sobre ella hizo de Riva Agüero, un diagnóstico que se mantiene:

Por bajo de la ignara y revoltosa oligarquía militar, alimentándose de sus concupiscencias y dispendios, y junto a la menguada turba abogadil de sus cómplices y acólitos, fue creciendo una nueva clase directora, que correspondió y pretendió reproducir a la gran burguesía europea. ¡Cuán endeble y relajado se mostró el sentimiento patriótico en la mayoría de estos burgueses criollos! En el alma de tales negociantes enriquecidos ¡qué incomprensión de las seculares tradiciones peruanas, qué estúpido y suicida desdén por todo lo coterráneo, qué sórdido y fenicio egoísmo! ¡Para ellos nuestro país fue, más que nación, factoría productiva; e incapaces de apreciar la majestad de la idea de patria, se avergonzaban luego en Europa, con el más vil rastacuerismo, de su condición de peruanos, a la que debieron cuanto eran y tenían! Con semejantes clases superiores, nos halló la guerra de Chile; y en la confusión de la derrota, acabó el festín de Baltasar. Después, el negro silencio, la convalecencia pálida, el anodinismo escéptico, las ínfimas rencillas, el marasmo, la triste procesión de las larvas grises…

Riva Agüero tenía razón en varios puntos. Alimentándose no ya de la clase militar, pero sí de los despojos del caudillismo político, la clase dirigente continúa intentando emular a la gran burguesía norteamericana y europea, manteniendo el mismo vicio satánico: la relajación del sentimiento patriótico. La falta de sentimiento patriótico de nuestra clase dirigente —la mayoría burgueses criollos como los descritos por Riva Agüero— prolonga el desconocimiento de nuestra realidad, a la que se aproximan “culinariamente”, sin entrar en su esencia. A pesar de los cien años que han transcurrido entre el diagnóstico de Riva Agüero y nuestro tiempo, el Perú sigue siendo un país invertebrado.

Sí, amigos, el Perú profundo es un planeta desconocido para ellos. De allí que el egoísmo fenicio, potenciado por la frivolidad propia del relativismo, mantenga como prioridad de gobierno que nuestro país no deje de ser factoría productiva, antes que una nación de verdad. De hecho, nuestra clase dirigente se ha conformado con el estatus de “factoría productiva” y es por eso que carecemos de un objetivo nacional concreto, y por tanto nuestros esfuerzos terminan siendo estériles y se estrellan contra la inmensidad de lo cotidiano.

Es imposible lograr la grandeza cuando se carece de una mínima noción de destino. Y en pleno siglo XXI, tras cien derrotas y guerras perdidas, no sabemos a dónde caminamos, porque nuestra propia clase dirigente es capaz de pactar con quien sea para preservar su pitanza. Incluso con sus peores enemigos, con aquellos que sueñan con su destrucción.

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