Published On: Lun, Ago 4th, 2014

Nuevo amanecer para «La tigresa del Oriente»

tigresa del orienteNo es cantante pero su tercer disco está en camino. No estudió actuación pero ha aparecido en una película, una serie y una obra de teatro. Tampoco es escritora pero acaba de publicar su primer libro. La Tigresa del Oriente es un arañazo a la lógica pero también el disfraz de una mujer humilde que se hizo sola.

En la cuadra dos del jirón León, en La Victoria, vive la Tigresa del Oriente, esa sesentona, en Animal Print, que   desde hace unos años reyna en YouTube. En esa misma casa-spa-restaurant, de tres pisos, vive Judith Bustos, una señora escotada, nacida en Constancia, un pueblito lejano de Maynas, Loreto, adonde solo se llega por río, en un viaje de varias horas.

Ambas son la misma, una sola. Aunque parezca, no se trata de algún personaje de ‘Gabo’ o Rulfo, padres del realismo mágico. Tampoco de una biografía falaz, aunque podría. Solo son un par de detalles de un ídolo friki.

Son casi las cinco de la tarde del miércoles, y Judith nos recibe en su spa. No hay clientes ni estilistas. Salvo por algunos trabajitos esporádicos es un local cerrado por tiempo indefinido. Son los viajes, dice. No la sueltan. En los últimos meses estuvo en Miami, grabando un par de videoclips, y en Argentina, visitando la Casa Rosada, bailando en ShowMatch con Marcelo Tinelli y cantando No llores por mí Argentina.

Pero esta tarde no hemos venido solo por sus hits, que son muchos, sino por Un nuevo amanecer (ediciones Altazor), su primer libro, que lleva el mismo nombre de la canción  que logró 14 millones de vistas y la catapultó a la fama. En estas 140 páginas, la Tigresa del Oriente se arranca su  piel a rayas y nos cuenta quién es Judith Bustos.

Pionera

Judith no ha leído su libro. Solo unas cuantas páginas. Con seguridad, es la primera autora que no lo ha hecho. En eso también es una pionera. Paro ocupada, se excusa. Es por esas ocupaciones que no pudo revisar el diseño de la portada, donde aparece, en un ajustadísimo vestido guinda, cogiendo una guitarra junto a su tigre de peluche.

Salgo panzona, se lamenta. Desde que una indiscreta cámara la pilló desgreñada y  en sandalias, Judith se maquilla hasta cuando va al mercado. Un artista es su imagen, me dirá de tanto en tanto.
Aunque no ha terminado su libro, la conversación fluye. Después de todo, es su vida. Una vida teñida de tristeza y miseria. Su madre la alumbró   sola, a la intemperie, mientras esperaba que su padre regresara de extraer caucho. Pasaron horas. Ella no sabe  cuántas. Finalmente, ante la emergencia, su papá, cortó el cordón umbilical.

No fue la única vez que Judith, la quinta de quince hermanos, estaría en peligro. De niña una culebra le mordió el brazo. Desvanecida por los efectos del veneno y ante la ausencia, una vez más, de alguna posta médica, su hermano le hizo un corte con el machete y le succionó la sangre. A la media hora abrió los ojos.

Los golpes también estuvieron en casa. Literalmente, le dejaron marcas que ya no están, gracias al bisturí. Por eso y por sus ganas de sobresalir, escapó a Lima donde empezó como sirvienta.

Del pueblo

Me gusta tu estilo. Tienes personalidad y no te importa lo que digan los demás, le dice una cuarentona con su hijo en brazos. Judith se ha puesto las garras y ya es La Tigresa del Oriente. Está parada en el stand de Altazor, donde una treintena de tíos y jóvenes la ha rodeado.

Selfies, autógrafos, risitas, comentarios amables, murmullos. Sea como fuere, La Tigresa no pasa desapercibida. Ese es, sin duda, su gran talento. Un talento no reconocido como tal.

Dos días después, volveré a conversar con La Tigresa en su casa-spa. La encontraré  subiendo las escaleras con una bolsa de pan. La esperaré un rato, mientras le prepara el desayuno a su nieto Sebastián. Me contará que su primer beso lo dio pasando los 16. Que el tipo que la acosaba, mañana y tarde, cuando se iba a estudiar cosmetología, acabó siendo el padre de sus hijas. Admitirá que no es ni por asomo esa femme fatale que imita a Lady Gaga e interpreta canciones como Date placer con mi cuerpo, con frotaciones incluidas.

Esquivará, eso sí, temas que le resultan incómodos, como su edad, aunque esté rumbo al mágico 69. La edad está en el alma, mi edad es la que tú ves, repetirá como lo ha hecho en otras ocasiones.  Llorará al acordarse de Axel, su perro siberiano. Motivo por el cual ha dejado de correr en el parque.
Esa es Judith Bustos, la mujer detrás del viral. El silencio después de las carcajadas. Una historia que, después de todo, merecía ser contada.

Tomado de  La República Texto: Renzo Gómez Vega  Fotografía: Luis Centurión

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