Published On: Mar, Jun 24th, 2014

Nueva ruta a Kuélap, «La ciudad de la niebla»

ciudadnieblaPor décadas, visitar la ciudadela de Kuélap, en la región Amazonas, ha sido tarea de titanes. Gracias a las telecabinas ya no tendrá que serlo. ¿La meta? Convertirse en el segundo destino turístico más visitado del Perú después de Machu Picchu.

La República-Lima

Texto: Renzo Gómez.
Fotografía: Juan Pablo Azabache.

Una pecosa, de tez rosada, acaba de quitarse las zapatillas. Lo ha hecho tan rápido, sin desatarse los pasadores y rechinando los dientes, que pareciera haberse zafado de dos pesados grilletes.

Se ha tumbado sobre el césped, despidiendo un airecillo de tranquilidad, mientras dos chicas, que cargan dos mochilones, se le acercan.  De pronto, intercambian  un diálogo que –por lo menos para mí– resulta indescifrable.  Hablan con un tono marcial,  que dista mucho de sus rostros dibujados por la risa.

Kristel Weiss, la de los pies liberados, y sus dos amigas son alemanas, y están de paseo en la ciudadela de Kuélap. Son de los pocos turistas que merodean por este bosque nuboso de callejones amurallados. La Copa Mundial de Brasil, como ha ocurrido en otras latitudes, ha barrido con los turistas, como si la pelota fuera un auténtico imán.

Kristel no habla muy bien español pero me dice –aunque no hace falta– que está cansada. “Que ha sido mucho”. El guía que las acompaña me explicará después que su fatiga se debe a la caminata de casi cuatro horas que ha hecho hasta aquí.

Si bien el trekking es uno de los deportes más apreciados por los aventureros, está claro que no todos pueden disfrutarlo. Para cuerpos menos entrenados, que son muchos, es un calvario. Kristel podría ser, tranquilamente, cualquiera de nosotros.

Sin despegue

Llegar hasta Kuélap es un viaje en sí mismo. Estar en Chachapoyas ya lo es.  Si es por carretera existen hasta tres vías: por Chiclayo, Cajamarca  y Tarapoto. Las tres superan las 24 horas e intercalan tramos de asfalto y trocha.

Si es por avión, el alivio es engañoso. Luego de arribar hasta el aeropuerto de Tarapoto es preciso preparar el coxis para un trayecto de siete horas en promedio hasta Chachapoyas. Aunque el paisaje expone el maravilloso ascenso de la amazonía hasta los Andes, las horas desgastan el  entusiasmo inicial.

Chachapoyas tiene un aeropuerto que no usa. Que solo exhibe como un aparente signo de desarrollo.

Son las 9 de la mañana del martes y estamos frente a este elefante blanco marcado por la tragedia. En el 2003, un Fokker se estrelló en Coloque, un cerro aledaño, luego de haber intentado aterrizar. No hubo sobrevivientes. Solo cuerpos que lamentar.

A partir de ahí, se clausuraron los vuelos comerciales hasta hace cuatro años, cuando una aerolínea empezó a hacer vuelos diarios de ida y vuelta entre Chiclayo y Chachapoyas. La reapertura duró dos meses por “problemas operacionales”. ¿Las razones? La poca demanda y la escasez de hoteles en la ciudad.

 Actualmente este aeropuerto, que luce remodelado y excesivamente pulcro, solo recibe vuelos de la FAP. Desde el año pasado se lanzó el proyecto de ampliar la pista de aterrizaje en 500 metros adicionales. Pero aún todo se escribe en condicional.

Es por eso, entre otras cosas, que los turistas, salvo en ocasiones de temporada alta, son contados. De ahí que Proinversión concretara la construcción, en la ciudadela de Kuélap,  del primer sistema de telecabinas en el Perú. Obra que adjudicaron hace tan solo unas semanas a la empresa francesa Pomagalski, líder en el rubro.

Kuélap cuenta con dos accesos: a pie (tarda tres horas y media, como lo hizo Kristel) y en transporte vehicular (una hora y media). La idea es sencilla: reducir ese tramo a 20 minutos.

Paradigmas

Son casi las once y hemos llegado hasta Tingo Nuevo, uno de los veintitrés distritos de la Provincia de Luya, y donde se ubicará la estación de embarque y el andén de salida. César Chávez, el alcalde, nos saluda en su despacho, y se une al recorrido.

La primera parada es en la zona de embarque. Luis Del Carpio, jefe del proyecto, es quien toma las riendas de la conversación. Explica que este terreno cercado, de 3,200 metros, donde el grass crece desordenado, se transformará en  una sala de espera con stands y restaurantes. Se estacionarán los buses, los carros particulares y, claro, se comprarán los boletos. Por ahora es difícil imaginarlo.

Tres kilómetros después nos volvemos a detener en el andén de salida. El ejercicio mental es más ambicioso: se trata de una casa semidestruida sobre la que cuelga un letrero. En teoría, se colocará, además de la cabina, una rotonda para eliminar las colas de vehículos y el comercio ambulatorio. Los pasajeros saldrán en un periodo máximo de cinco minutos. Puros desafíos para nuestro caos.

“Este proyecto es un quebrador de paradigmas. Queremos turistas que vuelvan y recomienden. El turismo está en la repetición”, se emociona Del Carpio. Para este economista, los beneficios serán inmediatos. “Todos ganarán. El visitante ganará medio día más para pasear y el operario, medio día para ofrecer otro paquete turístico”, agrega.

Exceptuando las vacaciones, el turista nacional no tiene más de tres días libres por feriado largo. Con los extranjeros es un panorama similar: conocer Chachapoyas les toma alrededor de una semana. “Por eso muchas empresas extranjeras ni siquiera ofrecen a Chachapoyas como destino. Hay que pelear contra eso”, sostiene.

Hacia la fortaleza  

Mientras avanzamos por un sendero angosto y accidentado, que a cada instante coquetea con el vacío, una niebla espesa se posa sobre la Van, como si estuviéramos flotando, de repente.

Y así, poco a poco, vamos callándonos unos a otros. Olvidándonos de nuestros quejidos poco aventureros. Dejándonos embelesar por la selva húmeda, pero sobre todo por esas murallas que van insinuándose a lo lejos.

Ese misterio que advertimos es el mismo que encerraba la cultura Chachapoyas. Sachapcollas, en realidad, que significa “Los hombres de la niebla” o “Los habitantes de las nubes”. Este pueblo prehispánico que le opuso  ardua resistencia al imperio incaico se alojaba en las alturas, conviertiéndose en una fortaleza impenetrable para sus enemigos.

La hora que faltaba transcurrió sin esfuerzo. Pisamos el Parador de la Malca, a unos metros de la ciudadela, donde nuevamente tenemos que alucinar un poco. La realidad nos muestra una piscina de barro,  mientras los ideales, otra estación de última tecnología.

Después de una breve visita por un mini-museo, subimos !por fin¡ hasta este enorme bosque, de siete hectáreas, defendido por enormes paredes de piedras.

El camino escalonado y pedregoso, sumado a los tres metros de altura, nos dejan sin aliento en segundos. El guía Willy Chiguala nos cuenta que recién hace cuatro años mejoraron el camino. Que antes era fango. Fue en ese mismo proyecto que construyeron cinco descansos.

¿Por qué Kuélap no ha tenido el mismo impacto que Machu Picchu? Es una pregunta que suelen hacerse muchos investigadores. Mientras que Kuélap recibió a 35 mil visitantes en el 2013, Machu Picchu, solo hasta agosto, ya había alcanzado los 650 mil visitantes.

Una de las claves para entender este abismo, además del acceso, es la investigación. Solo se ha explorado el 20% de la ciudadela. En octubre de 2010 encontraron una tumba de la élite, en el último hallazgo. Desde el 2011 las investigaciones se han paralizado sin motivos aparentes.

A medida que continuamos no solo nos topamos con joyas arquitectónicas como el Templo Mayor o el Torreón, sino con la asombrosa vista que nos brinda Kuélap, ubicada en la cima del cerro la Barreta (lleva ese nombre por un tronco incrustado al lado de los mausoleos).

Luego de tres horas de travesía, vamos descendiendo. Son las cinco de la tarde. Estamos cansados y, obviamente, hambrientos. La necesidad devela un inconveniente más: Kuélap no tiene restaurante. Tampoco hoteles.

Los más cercanos se encuentran a más de 15 kilómetros. Algunos lujosos. Otros no tanto. El resto son hospedajes. Que, aunque amigablemente rústicos, no satisfacen al mercado. La mayoría no posee más de siete habitaciones. Así, no queda otra que  regresar hasta Chachapoyas. Tres horas para descansar y comer.

Tingo nuevo

Esa tarde, mientras el pueblo trabajaba la tierra, un hombre empezó a correr desesperado. “Huayco, se viene el huayco”, dicen que gritó. Nadie le creyó. Lo tildaron de exagerado y hasta de loco.

Una gran porción de montaña se había deslizado, uniéndose al río en una avalancha de barro que se desbordó y bajó lentamente. Fue tan lento que los pobladores huyeron. Pero muchos no consiguieron salvar sus pertenencias.

Todos estaban sorprendidos, aquel 31 de marzo de 1993. Después de todo, el tipo solo era un cuerdo anunciando un desastre.

La gente durmió en una iglesia. A la mañana siguiente se levantaron para ver a la desgracia en primera fila: sus casas de adobe se derrumbaban una tras otra.

A los 15 días se trasladaron a un terral, que fueron urbanizando. Así nació Tingo Nuevo, el poblado que se beneficiará directamente con el sistema de telecabinas de Kuélap. 700 habitantes que esperan cambiar su vida. Aunque sea un poco.

La idea del teleférico se escucha en Tingo Nuevo desde hace más de diez años. Gobierno tras gobierno, alcalde tras alcalde, los anuncios quedaban en promesas.

Sin embargo, esta última vez la población confió de nuevo. En un asamblea firmaron el permiso a través del cual le cedieron los espacios a Proinversión para realizar la obra, de una buena vez.
“Todo este tiempo decían que el teleférico se daba y nada. Pero ahora que las cosas son formales, invertiremos”, me asegura Vilma Portal, una profesora de primaria que hace quince años abrió el único hospedaje de la zona. A la par administra un restaurante-bodega que ha acondicionado en su casa.

“Pienso formalizarlo y ampliar más cuartos”, dice. Por ahora el negocio no va tan bien. Son seis habitaciones, que raras veces se ocupan. Dentro de todo,  le alcanza para vivir con cierta comodidad.

Pero no todos son iluminados con su misma suerte. El grueso de pobladores es pobre. Se las rebusca en la agricultura y en las obras públicas. La construcción de las telecabinas les garantiza trabajo, en mano de obra por lo menos, durante 15 meses a partir del próximo año. Y en forma permanente durante los siguientes 20 años.

El desarrollo, esa palabra   de la cual se suele abusar en los discursos, podría llegar para este pueblo que se levantó del lodo. Es el misterio que rodea a Kuélap, la ciudad de la niebla.

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