Published On: Mié, Nov 13th, 2013

Nostalgia quisqueyana

Tatianacolumna

El rellano de mi edificio portugués huele a yuca hervida y a sazón. En el margen sur del Tajo, en Almada, inmigrantes angoleños, caboverdianos y brasileños cocinan cosas que huelen a casa. En Monte de Caparica, donde vivo exactamente, los edificios están pintados de rosa, de amarillo, de blanco o de verde y la barriada bien podría ser Invivienda en Santo Domingo. Lisboa, en general, está teniendo un efecto nostálgico en mí que hacía tiempo no experimentaba.

En el supermercado del barrio lleno de cuestas interminables, hay jugos de piña con coco “light” a 68 céntimos, hay Guaraná, hay cilantro y hay mucha cachaza. La gente piensa que soy brasileña hasta que hablo la boca, siempre añadiendo al descrédito un “eu não acredito” (no me lo puedo creer), intentando imitar el acento.

En los restaurantes y bares lisboetas se acompañan las pataniscas (bacalao rebozado) con habichuelas rojas y arroz a modo de sopión; y hacen otros experimentos con ellas, como cocinarlas con camarones o calamares para comérselas con arroz blanco. Los lisboetas acostumbran a usar tenedor con estos platos y el extranjero se ve obligado a pedir una cuchara casi siempre.

Las bebidas también recuerdan a RD. No hay refrescos “rojo” ni “merengue”, pero hay refrescos de piña y de maracuyá. Hace algún tiempo sacaron una edición limitada de uva también y en cualquier sitio te ofrecen jugo de mango o de lechoza natural. Sin embargo, la cerveza puede que decepcione a un quisqueyano medio, acostumbrado a las fuertes Presidente al punto de congelación. En Lisboa se bebe Sagres y en el norte se bebe Superbock, que provoca unas resacas memorables. Lo curioso es que la segunda se hace en Lisboa y la primera es norteña.

En el Barrio Alto muchos bares recuerdan a los de la zona colonial, con las luces bajas, los cócteles, la música ambiente y chill, alguna lámpara roja y las puertas abiertas de par en par. En muchos se puede fumar y la mayoría son estrechos, así que la gente entra para comprar bebidas y se queda afuera charlando. Una zona del Barrio Alto está reservada al público gay igual que en la parte antigua de Santo Domingo y un aire bohemio inunda el ambiente festivo.

A ambos lados del río tienen una vasta cantidad de asadores de pollo y carnes al estilo “Provocón”, siempre con mucha clientela. Donde trabajo, en Pragal, no lejos del “Cristo Rey”, hay uno que aparece con el nombre de “Brito” iluminado fuera, mi apellido materno de origen lusitano y que heredé de mi bisabuelo gallego. Los portugueses también llevan el apellido de ambos padres en sus documentos de identidad, pero el de la madre se escribe en primer lugar y para abreviar se pone solo el del padre en muchas instancias. Así pues, al estar escritos mis apellidos al contrario que en Portugal en mi pasaporte, yo aparezco como Tatiana Brito en todas partes y no con el apellido de mi orgulloso padre mocano, cosa que no le haré saber.

Una vez, en un viaje a Cobarrubias para la presentación de un libro de Espido Freire, un periodista español me dijo que era curiosa la cantidad de salones/peluquerías que había en Santo Domingo. Nadie entiende en Madrid por qué voy una o dos veces a peinarme al salón/peluquería a la semana ni por qué tardé 25 años de mi vida en aprender a secarme el pelo sola. La obsesión por el cabello es algo que compartimos casi todos los dominicanos, es un símbolo hasta de estatus, como en tantas culturas. Preguntándole a Carolina, mi adorada compañera brasileña del trabajo, sobre dónde va a arreglarse me dijo que su “cabeleireira” estaba en Seixal, a unos 20 minutos en carro/coche de mi casa. Así me topé con mi primera palabra impronunciable en portugués.

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