Published On: Dom, Abr 20th, 2014

Los «dreamers» peruanos y su lucha por la reforma migratoria en EE.UU

inmigrantesperuanosusaNueva generación. Una muy activa coalición de jóvenes hijos de inmigrantes ilegales viene revitalizando el movimiento por la reforma migratoria en EEUU. Pese a las dificultades, está logrando varias conquistas. Son grandes voceros de la causa.

Liz Merino (La República)
Desde Boston, EE. UU.

La noche previa al encuentro entre el Presidente Barack Obama y líderes inmigrantes en la Casa Blanca, la peruana Lorella Praeli apeló a sus recuerdos más profundos para no fallar en el último momento. Se acordó del dolor de las familias separadas por las deportaciones y del consejo de su padre, un político veterano en Ica, de ser firmes frente al poder, pero lo que le dio más fuerza fue el recuerdo del sacrificio de su madre al empezar una nueva vida lejos de su patria. “Ella caminaba cuatro horas diarias para ir a trabajar, dos de ida y dos de vuelta”, recuerda Praeli, quien llegó aquí a los diez años. “No podía olvidar lo que hizo para que mi hermana y yo tuviéramos un futuro mejor”.

Por eso dice que no le tembló la voz cuando en la reunión del 13 de marzo, Praeli le exigió a Obama que ponga alto a las deportaciones, que en sus cinco años de gobierno ya llegan a los dos millones. Eddie Carmona, quien asistió a la reunión en representación de una red nacional de organizaciones religiosas, escribió en su página de Facebook que Praeli fue una rockstar.

“Ella y yo levantamos las voces de nuestras familias”, dijo Carmona a La República. “Fuimos los únicos que pusimos presión sobre el presidente”.

Praeli, de 25 años, participó en la reunión en la Casa Blanca como dirigente de United We Dream (Unidos Soñamos), la coalición más grande de jóvenes indocumentados en el país. El grupo lo formaron hijos de inmigrantes ilegales que se llamaron “dreamers” (soñadores), porque aspiran a tener derechos ciudadanos, pese a no tener papeles en el país donde crecieron y al que ven como su hogar. Los dreamers, quienes llegaron aquí cuando eran niños, se han convertido en el más influyente de los grupos que luchan por la reforma migratoria en Estados Unidos, donde 11 millones de inmigrantes viven en las sombras de la ilegalidad. 

En el 2012, ellos consiguieron que Obama autorice un programa para que los jóvenes indocumentados puedan obtener permisos de trabajo, licencias de conducir y protección contra la deportación. Praeli no se benefició porque en el 2011 ya se había graduado con honores de la universidad de Quinnipiac, adonde fue con una beca por sus buenas notas, pero su hermana María Paz, de 20 años, sí va a la universidad gracias al programa. La joven iqueña no es la única peruana en el movimiento de los dreamers.

PIONERO EN LA LUCHA

Carlos Saavedra llegó aquí a los 12 años con sus padres y su hermano Rodrigo, de cuatro años, escapando de la falta de oportunidades en el Perú a fines de los noventa. Luego de un año, se enteró de su estatus ilegal cuando el padre de su mamá murió y ni ella ni sus hermanas pudieron viajar para el entierro. Cuando salen del país los inmigrantes ilegales no pueden volver a entrar.

Pero solo cuando estaba terminando la secundaria, Saavedra entendió que su falta de documentos le impediría tener una carrera universitaria. En las universidades públicas, los indocumentados deben pagar tarifas de estudiantes internacionales, el doble o triple de las que pagan los residentes. Junto con otros jóvenes, él salió a las calles a demandar leyes que les permitan pagar tarifas de residentes.

En el 2004, el gobernador de MassachusettsMitt Romney, vetó la propuesta de ley y destrozó los sueños de Saavedra. “No pude ir a la universidad cuando cumplí los 18 años, pero me prometí que mi hermano lo haría”, dice Carlos, de 27 años, en un café cerca a la estación Orient Heights del metro en East Boston.

Con esa promesa que le hervía la sangre, en el 2005 el joven fundó el Movimiento de Estudiantes Inmigrantes en Massachusetts, y se unió a otros grupos en el resto del país. Carlos Saavedra llegó a ser el coordinador nacional de United We Dream, y bajo su liderazgo, el grupo ejerció una presión férrea sobre políticos, autoridades y el propioObama.

“Éramos persistentes”, refiere Carlos. “Tocábamos las puertas de los congresistas y algunos nos daban su apoyo, pero otros no nos recibían. Mandábamos a dreamers a infiltrarse en eventos donde Obama iba a estar para que lo interrumpan en medio del discurso pidiendo que nos apoye. Queríamos cambiar la opinión pública a favor de nosotros y que los políticos nos incluyeran en su agenda”.

Su estrategia funcionó, aunque tardó ocho años. Cuando Obama aprobó el programa a favor de los dreamers en el 2012, Saavedra recién pudo cumplir la promesa a su hermano Rodrigo. “Ese día mi sueño se realizó”, agrega el dreamer. “Levanté a mi hermano que estaba durmiendo. Los dos lloramos y nos abrazamos”.

Rodrigo estudia el segundo año de periodismo en una universidad cerca de Boston. Aunque hace tres años Carlos legalizó su estatus con la petición de un familiar, él continúa vinculado a la lucha de los soñadores. “Lo hice por mihermano, pero también por los otros y por mí mismo”, piensa Carlos. “Organizando a la gente para luchar por sus derechos encontré mi vocación”.

Carlos Saavedra es un reconocido activista. En el 2006 la alcaldía de Boston lo premio como el Líder Juvenil del año. Trabaja haciendo talleres de liderazgo y organización para el cambio social.

LA PROMESA DEL SUEÑO

Para Carlos Rojas, quien cambió su barrio de Zárate por la ciudad de Perth Amboy, enNew Jersey, en el 2001, las demandas de los jóvenes indocumentados van más allá de tener acceso a educación superior. “Queremos ser aceptados como parte de la nación”, dice Rojas, de 25 años. “Luchamos para que la promesa del sueño americano sea realidad”.

Su participación en la lucha de los dreamers lo marcó. Rojas fue a la Universidad de Kean, en New Jersey, para estudiar matemáticas y economía, y pagó tarifas de estudiante internacional, a pesar de que vivió en New Jersey desde que tenía 12 años. Para pagar sus estudios, usó los ahorros de sus padres y lo que ganaba en tres trabajos que tenía en la universidad.

Mientras estudiaba, Rojas participaba en marchas y hablaba públicamente de las barreras que enfrentaban los jóvenes indocumentados. En una ocasión la policía lo arrestó en la puerta de un hotel donde el gobernador iba a presentarse. El joven planeaba interrumpir su discurso para pedirle que apoye a los dreamers. Meses después, en diciembre del 2013, el gobernador Chris Christie aprobó una ley a favor de ellos.

Como muchos inmigrantes, Rojas se halla desilusionado de Obama, quien prometió una reforma migratoria para captar el voto latino en las elecciones del 2012. Ahora que han logrado que 16 de 50 estados permitan que jóvenes indocumentados paguen tarifas de residentes en universidades públicas, los dreamers han expandido su agenda y exigen aObama que detenga las deportaciones. Es un temor fundado, ya que muchos dreamers tienen padres indocumentados.

Rojas lo sabe en carne propia. Hace cinco años legalizó su estatus por la petición deun pariente, pero su padre, que no tiene papeles, vive con el miedo constante de ser deportado. “Él no tiene licencia de conducir y está parado en la calle a la espera de un trabajo», confiesa Rojas. “Hay tantas deportaciones diariamente. Cualquiera de estos días, puede ser a mi padre”.

Por eso quiere seguir en la batalla. Hace poco dejó un trabajo como asesor financiero en New York para tomar un puesto de organizador comunitario con una red nacional de grupos religiosos involucrados en temas de justicia social.

“Los republicanos nos ven como criminales y los demócratas como votos”, comenta Rojas. “El final de la batalla será cuando no nos vean más como peones políticos, cuando recobremos nuestra humanidad”.

EL EJEMPLO DE LOS HIJOS

Sofía Campos tenía seis años cuando su familia se mudó de Chaclacayo a Highland Park en Los Ángeles, pero se enteró de su estatus migratorio 12 años más tarde, en su último año de secundaria. “No sabía lo que significaba el no tener documentos”, cuenta Sofía, de 24 años. “Pero cuando mi madre me lo dijo tenía la mirada de que no era algo bueno”.

Un consejero en su escuela secundaria le recomendó ir a un instituto comunitario, pero sus padres le ofrecieron sus ahorros de toda la vida para que pudiera ir a la universidad.

Sofía Campos ingresó a la Universidad de California en el 2007. Había pasado seis años desde que en California los jóvenes indocumentados podían pagar como residentes, pero aún con eso y los ahorros de sus padres, no era suficiente. Cuando se enteró de que había un grupo de dreamers en su universidad, Campos se unió a ellos y salió a protestar. En respuesta a sus demandas, en el 2011, el gobernador Jerry Brown firmó una ley que les permite ayuda financiera para ir a la universidad.

Al año siguiente, Campos se graduó, pero su experiencia con los dreamers la ayudó a desarrollar una vocación de servicio social. Campos estudia una maestría en planificación urbana en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT) con una beca y espera usar lo que aprenda en planificar ciudades con una distribución de recursos más igualitaria. “Encontré una misión en la vida que es más importante que un título, una carrera o dinero”, afirma Campos, quien está en la mesa directiva de United We Dream. “Cuando el consejero, el mundo y el gobierno me decían que no podía ir a la universidad, mis padres me apoyaban y me decían que sí podía”.

La lucha de los dreamers también logró romper el estigma y el miedo con el que viven muchas familias que residen ilegalmente en el país. Muchos padres temieron por sus hijos al verlos salir a las calles, porque cualquier roce con la autoridad podría terminar en la deportación. Pero contagiados por el valor de sus hijos, muchos padres siguieron sus pasos. “No le habíamos dicho a nadie que éramos indocumentados, pero un día en la iglesia mi mamá lo dijo’, relata Campos. “Fue liberador”.

Lo mismo pasó con Chela Praeli, la mamá de Lorella. Para proteger a sus hijas no les habló de su situación legal por muchos años y vivió con miedo desde que llegaron en1998, buscando tratamiento médico para Lorella, quien había perdido la pierna derecha en un accidente de auto a los dos años y medio.

“Lorella nos trajo aquí”, dijo Chela Praeli. “Ella tenía una misión que cumplir. Estos jóvenes son los que van a cambiar el rumbo de este país”.

El camino es difícil. Si bien los dreamers son vistos con simpatía, aún existe resistencia entre muchos que arguyen que favorecerlos es recompensarlos por estar en la ilegalidad. En el 2010, el Dream Act, una propuesta del gobierno federal que permitía que los jóvenes indocumentados pudieran obtener la residencia legal, murió en el Senado por la oposición de los republicanos.

Pero todos coinciden en que los dreamers han revitalizado el movimiento por la reforma migratoria en los Estados Unidos, y se han convertido en los mejores voceros de su causa. “Ellos dicen que nosotros los inspiramos con nuestro sacrificio al abandonar nuestros hogares para darles una vida mejor; pero son ellos los que nos inspiran con su ejemplo y valentía”, dijo Chela Praeli.

EL PERÚ A DISTANCIA

Aunque los dreamers peruanos se consideran americanos porque han pasado más de la mitad de sus vidas en Estados Unidos, sienten al Perú de cerca a través de los relatos de sus padres, la música y por supuesto, la comida.

Carlos Saavedra dice que su mamá le prepara té de kión cada vez que se pone mal de la garganta y tallarines rojos cuando quiere consentirlo. Viajó al Perú el año pasado, después de 10 años de ausencia, y lo vio muy cambiado. Más que los malls que vio por todos lados, lo que le chocó fue la idea que los peruanos tienen de la vida en Estados Unidos.

“Mucha gente cree que la vida aquí es fácil”, dijo Saavedra. “Piensan que no importa no tener papeles si tienes dinero”.

Carlos Rojas no va al Perú desde hace 13 años, perofrecuenta los restaurantes peruanos de Patterson y cuando hay fiestas, su familia baila huaynos y arma “jaranas de rompe y raja”. Sabe de Miguel Grau, Andrés Avelino Cáceres y de la Guerra con Chile por su padre, y cada vez que escucha el himno, se emociona. “Se me pone la piel de gallina”, revela.

Apenas Lorella Praeli logró legalizar su estatus, a través de su matrimonio, viajó al Perú. El año pasado estuvo en su Ica querida, donde recibió un reconocimiento especial de la Universidad San Luis Gonzaga por su papel en la lucha de los estudiantes indocumentados en Estados Unidos. Disfrutó mucho del viaje, pero lamentó que su madre y hermana no la acompañaran porque aún son indocumentadas.

Sofía Campos también es indocumentada. Por eso no ha vuelto al Perú desde hace 17 años. Le encanta el ají de gallina, los picarones, y el panetón; canta las canciones de Gianmarco que ve en Youtube y sueña con volver al Perú.

“Me pone muy triste y me da mucha rabia no poder volver”, dijo Campos. “Parte de mi pelea es porque me parece injusto que alguien me impida poder regresar al lugar donde nací”.

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