Published On: Lun, Ago 4th, 2014

La religión del Estado

martinDesde que la Presidenta asumió el poder, los mensajes del guardián socrático tienen para mí el mismo interés que la Copa Perú. Incluso, lo confieso, los mensajes no logran sacarme de la indiferencia a pesar de anunciar medidas tan sofisticadas como el subsidio «Bienvenidos», un programa de raíz finlandesa, que permite al Partido Nacionalista recibir a los futuros «compatriotas» con un kit de pañales y toallitas para el culete. Estas exquisiteces del nacionalismo populista pasan de largo ante mí como las aburridas columnas de Trivelli pontificando sobre políticas públicas que jamás supo aplicar.

Mientras más me aburro con los mensajes presidenciales, más me detengo en las homilías del TE DEUM. La de este año ha sido relevante por abordar el punto de la separación entre la Iglesia y el Estado. Toda la doctrina católica, desde Orígenes hasta el tomismo, pasando por San Agustín, ha considerado positivo el principio de «dar al César lo que es del César y a Dios lo que es de Dios». De allí que el Estado sea visto como algo temporal que debe ser iluminado por el cristianismo, pero ajeno a la Civitas Dei.

Los laicistas rabiosos que quieren expulsar a la religión de la esfera pública no aspiran a un Estado imparcial. Quieren, en el fondo, una religión del Estado. El Estado no subsiste sin valores. O lo informan los valores de una ideología o influyen en él los principios del derecho natural. El Estado siempre responde a una metafísica. Cuando se exclama «¡que la Iglesia no se meta!», detrás siempre hay una gran intolerancia ideológica que aspira al dominio totalitario del Estado. Y eso, por supuesto, no se puede permitir.

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