Published On: jue, Abr 25th, 2019

La larga espera y la tragedia del APRA

La tarde del 11 de julio de 1932, cuando las tropas avanzaban para tomar Trujillo, Justiniano Riera logró llegar a casa de sus padres en el jirón Unión para despedirse y emprender la retirada hacia la sierra de La Libertad.

Mientras hablaba con los suyos, cuatro soldados llegaron hasta la vivienda y comenzaron a forzar la puerta. Ante ello, Riera se encaramó sobre una mesa y atravesó la claraboya.

La ciudad se había alzado contra el gobierno brutal de Luis Sánchez Cerro. 
Todavía estaba en el techo cuando uno de sus perseguidores gritó:

-¿DÓNDE ESTÁ JUSTINIANO RIERA?

Sin vacilar un instante, el padre de Justiniano respondió:
-Yo soy Justiniano.
Eso le dio tiempo al buscado para salvarse. Pero los soldados no estaban para bromas. Se llevaron al padre a Chan Chan, y esa misma noche lo fusilaron.
Cuando lo conocí en el Trujillo de los años 60, Riera era un anciano alto y delgado que se había pasado 30 años en lucha por los ideales de la Alianza Popular Revolucionaria Americana,y que no pensaba cambiarlos.

UNA MUCHACHA LLAMADA MARÍA LUISA OBREGÓN y apodada “La laredina”, armada de una ametralladora, se parapetó esa misma tarde en la plazuela del Recreo y durante largas horas detuvo el avance de un batallón. En las primeras sombras de la noche, se hizo humo y escapó.

Alrededor de 5 mil personas fueron ejecutadas por el ejército en Trujillo. Los restantes fueron perseguidos sin misericordia. Largas prisiones y el epíteto de terroristas los marcaron siempre.

No obstante, al igual que ellos, miles de miles de peruanos perseveraron en el sindicato, en la universidad o frente al mimeógrafo, en la doctrina de Víctor Raúl Haya de la Torre. Otros, los que vivieron en la normalidad de la vida urbana tuvieron siempre sobre ellos el estigma de ser considerados apro-comunistas y la posibilidad de recibir algún día la visita maldita de los soplones.

Los apristas fueron casi un siglo el pueblo de la desmesurada esperanza. El estallido de un balazo los ha convertido injustamente ahora en resignados protagonistas de la tragedia final.

A CASI 60 AÑOS DE SU FUNDACIÓN, el aprismo llegó al poder con Alan García Pérez en 1985 y luego en 2006.

Llegó, pero no llegó. Muy pronto se produjo el viraje en el que a García más le importaba conservar el poder y hacer de las suyas allí que ser fiel a los postulados primeros del APRA.

Como lo he dicho antes, si sus exacciones se calculan en decenas de millones de dólares, sus actos sangrientos vierten sobre él la acusación de crímenes de lesa humanidad. Dirigió la masacre de los penales, una matanza de 300 presos rendidos que organizaciones políticas y académicas del Perú y del extranjero, incluido cualquier buscador de Internet califican como “el asesinato masivo más grande durante la lucha contrasubversiva.”

SE DEBE RECORDAR TAMBIÉN, COMO SUYOS, ENTRE MUCHAS OTRAS, EL COMANDO DE ASESINOS “RODRIGO FRANCO”, la masacre de Bagua y el repase de heridos tupacamaristas en Molinos, Jauja.

EN MOLINOS, CAMINÓ PISOTEANDO CADÁVERES.
Con las manos manchadas en la sangre de quienes no podían defenderse, Alan García burló la acción de la justicia una y otra vez. No para siempre. 
El hombre que se disparó hace unos días fue hijo de Carlos García Ronceros, un compañero que compartió con Víctor Polay Risco, padre del fundador del ex Movimiento Túpac Amaru, los años de la prisión, y ambos fueron víctimas de su amor desmesurado por la justicia social.

¿QUÉ DIRÍAN ELLOS SI LO HUBIERAN VISTO EN MOLINOS PRESENCIANDO EL REPASE DE LOS HERIDOS? ¿Qué dirían ellos y los otros presos apristas si lo hubieran escuchado ordenando que no quedara uno de los rendidos en El Frontón?

Quizás habrían pensado que el bestial Sánchez Cerro DISFRAZADO DE GARCíA había resucitado para liquidar al aprismo. Quizás.

¿Qué dirían Justiniano Riera, María Luis Obregón, Alfredo Tello, el Búfalo Barreto, Manuel Arévalo, los miles de caídos por la justicia social? A todos ellos los guardaremos en la memoria de nuestro corazón. A GARCÍA, NO.

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