Published On: Vie, Abr 24th, 2015

La izquierda quintacolumnista

martinEn el Perú existe una quinta columna que se regodea defendiendo a los enemigos del país. Y gana dinero con ello. No hay excusas para las torpezas calculadas de los quintacolumnistas que dicen que defienden los derechos humanos mientras minimizan la violencia terrorista. Estos quintacolumnistas se aferran a ideologías caducas y trasnochadas. Desarticular esta mafia de influencias es tarea de todos los peruanos.

Porque, para decirlo de una manera provocadora, la izquierda moderna en el Perú no existe. Aquí, en vez de izquierda, hay quintacolumna. Mariátegui, el único hombre con la fuerza moral para construirla, fue liquidado por el destino. Sus herederos encarnaron en grado sumo todo lo que no era el Amauta: “intelectuales de panteón”, que “exhiben su ramplona bisutería ideológica -sus libros del IEP-  en los escaparates de las librerías de lujo” (San Isidro-Miraflores).

En efecto, los cuadros izquierdistas de los sesenta y setenta, los jóvenes turcos de “la revolución es inminente” y “el prohibido prohibir”, ahora no pasan de “intelectuales decadentes, intoxicados de una literatura morbosa y palúdica”, eternos e incorregibles enamorados “de la torre de marfil” -el sueldazo de la ex PUCP- “y de otras quimeras astrales y estúpidas”. Eso no merece llamarse izquierda. Es remedo e ilusión.

Por estos días que celebramos el heroísmo de nuestros comandos, los aburguesados intelectuales que secuestraron a Mariátegui, temerosos de ser fulminados por el camarada Cronos y pasar al olvido, ahora nos salen con su última pirueta ideológica creando un frente de dinosaurios con olor a naftalina y Muro de Berlín. Pobres mindundis.

Hace un par de décadas, cuando Sendero decapitaba demócratas y jaqueaba al Estado, nuestros dialogantes camaradas, paladines del combate dialéctico, giraban como trompos y balbuceaban incoherencias sin denunciar la entraña viciosa del terrorismo. Por el contrario, repetían como zombis el mantra revolucionario: “Es la lucha de clases, son las condiciones de las masas las que provocan el estallido del polvorín, el pueblo está hastiado”. Semejante comprensión para con los asesinos de inocentes, asquea e indigna. Veinte años después, los intelectuales apolillados y sus discípulos (profesores subdesarrollados del empirismo sesgado) apelan a los derechos humanos de los terroristas olvidando el sacrificio de los comandos e intentando ensuciar su nombre.

Querid@ compatriota: No escuches los cantos de sirena de los fracasados de toda la vida. No sigas la estela de los abyectos que no supieron –algunos, incluso, no quisieron– cortar de raíz con la estirpe asesina del terror rojo. Denunciemos la tibieza de los que contemporizan con los apologetas del terrorismo. La propia etimología de la palabra diálogo implica un código común de interconexión: la razón. El terrorismo no apela al logos. Es la mentira, el misticismo elevado al dogma. Por eso, no es de recibo que la izquierda quintacolumnista que promueve los derechos de unos mientras ignora los de la mayor parte del país intente presentarse como paradigma de moralidad. Hay una línea clara entre el patriota que busca el bien de la mayoría y la defensa de la sociedad y el quintacolumnista que sueña con la destrucción del Estado a través del terror rojo, disolviendo la verdad en el caldo perverso de una ideología falaz.

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