Published On: Lun, Feb 15th, 2016

La hipocresía institucional

martinSobre la crisis de personas, liderazgos y gestión del estado Este es un país en el que las normas legales se cumplen a medias, dependiendo de la persona que las invoca. El verdadero problema que aqueja a nuestra comunidad política no es uno que involucre solamente a las reglas de juego. La crisis de nuestro tiempo, más que una crisis de instituciones, es una crisis de personas, de liderazgo y de gestión.

En general, el Perú ha calcado las instituciones de otros entornos, cayendo muchas veces en eso que Víctor Andrés Belaunde llamó “anatopismo”, esto es, la inclusión en el Perú sin un proceso de criba de modelos foráneos implantados de manera artificial. Basta con echar una ojeada a la regulación peruana en diversas materias, al modelo parlamentario y al propio sistema político bajo el que vivimos. Sí, hay poco de original en la arquitectura institucional peruana y, en esencia, no ha sido una copia irracional o peligrosa. Con todo, son muchos los factores que facilitan la informalidad pero uno de ellos es esencial: en este país las instituciones son de difícil cumplimiento. La ley se aplica dependiendo de la persona o la circunstancia y no existe la firmitasromana, la firmeza en el cumplimiento institucional.

Eso es precisamente lo que encarnan personajes como Guzmán y Acuña. Estamos ante dos ejemplos concretos de laxitud en la aplicación de las reglas de juego. La mejor forma de consolidar nuestra posición subordinada en Latinoamérica y el mundo pasa por el incumplimiento del contrato social sobre el que se funda nuestra convivencia. Si queremos vivir en la mediocridad estatal, hay que incumplir las normas legales. El Estado de Derecho solo es eficaz cuando logra materializarse ante un caso concreto. Si los encargados de hacer cumplir la ley vacilan o se someten al poder de turno para favorecer a un candidato, entonces vivimos en un entorno de hipocresía institucional.

Ahora bien, los principales hipócritas institucionales provienen, precisamente, de un sector bien definido del espectro ideológico: la progresía. Los progresistas, entrenados en el discurso de la doble moral política, han pregonado durante los últimos años el evangelio de las reglas de juego, pontificando sobre el “shock” institucional a imagen y semejanza de ese lenguaje políticamente correcto de la academia mundial. Pero ante la realidad de Guzmán, los progresistas que apoyan su candidatura callan en todos los idiomas y prefieren curvar la realidad antes que reconocer que el principio sobre el que se funda cualquier edificio institucional es siempre el mismo: la ley es igual para todos.

Si las leyes no se cumplen en el Perú es porque pululan, lamentablemente, progresistas y corruptos que practican la hipocresía institucional. Al carecer de autoridad (auctoritas) son incapaces de hacer cumplir las reglas de juego porque son esclavos del poder o de la ideología. Si queremos que de verdad el Estado de Derecho alcance niveles de calidad es preciso animar a las personas de buena voluntad a participar en la política. Para construir el bien común no basta con un diseño institucional perfecto. Urge practicar el delicado arte de la prudencia jurídica, un arte que solo puede ser ejecutado por mujeres y hombres de verdad.

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