Published On: Lun, Abr 14th, 2014

La gran contradicción

martinSi algo está absolutamente reñido con el Derecho es la exaltación demagógica. El Derecho desprecia a los demagogos y combate, desde su creación, el radicalismo sofista que inventa argumentos para un caso concreto y luego, tergiversando el mismo argumento, lo emplea para defender la causa contraria. El Derecho se opone a este vicio pretencioso, a este error de categoría, porque se funda en el relativismo evanescente que califica un caso como positivo o negativo en función al capricho, el bolsillo o la conveniencia.

Lo último es, precisamente, lo que ha hecho el licenciado Bullard (un abogado, según sus propias palabras, que «no cree mucho en el Derecho») cuando decidió perpetrar un artículo en «El Comercio» comparando a Cipriani con Hitler y Barrabás. Desde el punto de vista de la responsabilidad de un hombre público, esto es una ofensa grave a la Iglesia Católica. No es de recibo que el Arzobispo de Lima y Primado de la Iglesia peruana sea insultado en el Decano de la prensa nacional sin que nadie diga nada. Me parece que ciertos amigos liberales no comprenden que Cipriani lo único que hace es repetir las enseñanzas del magisterio de la Iglesia y que insultarlo a él equivale a escupir sobre todo el pueblo católico que reza en comunión con su Obispo.

Como me doy por aludido cuando agreden a mi Pastor, respondo al licenciado Bullard recordándole la precariedad de su argumento, que empieza, como todo ejercicio de torpeza demagógica, comparando al sujeto de su ataque con un monstruo totalitario: Hitler. La contradicción del fariseísmo pseudo-liberal es que busca presentar como liberales a sujetos que no lo son en modo alguno. Se trata de liberales que aparentan ser liberales hasta que proscriben con insultos y sectarismo a todos aquellos que se oponen a su ideología. ¿Dónde está la tolerancia? ¿Dónde está el consenso? ¿Cómo es posible que un liberal llame «Hitler» a una persona por tener una opinión concreta? El liberal que insulta es, en el fondo, un fundamentalista, un ser incapaz de explicarnos por qué la democracia sirve para unas cosas y para otras no. O, lo que es lo mismo, sirve cuando te conviene y cuando te molesta, no. He aquí la gran contradicción.

Esto sucede así porque una minoría organizada pretende imponer a la mayoría categorías políticas sin recurrir a principios morales. Si no hay una referencia ética, absoluta, universal, entonces el pseudo-liberal cae en la bajeza, en la sinrazón y en la paradoja de insultar a aquel que propone lo que los libros de texto del liberalismo clásico se esfuerzan en enseñar. El Cardenal tiene razón. No tengan miedo. Vamos a votar.

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