Published On: Mar, Feb 25th, 2014

La búsqueda de la cadena de oro de Huáscar

huascar(Yuri Leveratto).- Huayna Capac, quien fue el undécimo sapa inca, gobernó el más grande imperio del antiguo Suramérica de 1493 a 1525. Durante su reino conquistó extensas tierras en el norte del Perú y en el territorio correspondiente hoy a Ecuador.
Cuando nació el hijo de Raya Ocllo, su segunda esposa legítima, lo bautizó con el nombre de Inti Cusi Huallpa (que significa alegría del Sol), pero luego fue llamado “Huáscar”.

Para la ceremonia de la imposición de su nombre hizo forjar una pesada cadena de oro que simbolizaba la Yawirka, mítica serpiente bicéfala que, según las leyendas, el Dios Arcoíris le dio al Inca Yupanqui para protegerlo.

La Yawirka es un símbolo recurrente en los petroglifos o pictogramas de Suramérica, pues la serpiente de dos cabezas representa la vida después de la muerte, o bien, el eterno devenir, la vida que invade todo.

Según Garcilaso de la Vega en sus Comentarios Reales, la cadena de oro de Huáscar tenía 210 metros de largo y era tan gruesa como el antebrazo de un hombre; sólo podía ser levantada en su totalidad por doscientos individuos.
Según estimaciones confiables, la cadena de oro, que terminaba con dos gruesos globos recubiertos de lana roja, podía pesar aproximadamente una tonelada. Probablemente no era de oro macizo, pero sí estaba recubierta de láminas de oro que reproducían magistralmente las escamas de una serpiente.

Inti Cusi Huallpa fue llamado “Huáscar” quizá porque la cadena simbolizaba también una cuerda (en quechua “huasca”).
El concepto de cuerda es muy importante en la cultura andina. Basta pensar que aún hoy muchos pueblos indígenas de la selva peruana utilizan una planta llamada ayahuasca, cuyo nombre (en quechua: aya, espíritu, y huasca, cuerda) significa un cable que permite al alma salir del cuerpo sin que éste muera.

Según otras interpretaciones, el nombre Huáscar deriva simplemente del quechua waskja (cadena).
La cadena de oro, que se conservaba en Cusco, en el palacio Amaru-Cancha (Amaru significa serpiente en quechua), en un cuarto secreto cuidadosamente vigilado, se exhibía al público sólo en ocasiones especiales, como por ejemplo la coronación de un nuevo inca, pero también en el mes de diciembre, durante las fiestas de la Luna. En estas celebraciones, la cadena de oro, símbolo de la Yawirka, se exponía junto al gran disco solar de oro que representaba la figura de Viracocha, el creador del mundo; y junto a otros ídolos, como quizá el famoso Punchau, una estatua de oro antropomorfa que también representaba a Viracocha.
Durante estas fiestas propiciatorias, que se llevaban a cabo en la plaza central de Cusco, había cientos de bailarines que alzaban repetidamente la cadena de oro y hacían girar vertiginosamente los anillos que la componían.
Huayna Capac tuvo otros hijos, entre los cuales Manco Inca, quien fue el primero de los reyes de Vilcabamba; y Atahualpa, a quien tuvo con una concubina de Quito.
Fue justamente durante los últimos años de su vida cuando Huayna Capac supo que rudos hombres barbados, armados con extrañas cañas de metal que podían matar de lejos, habían llegado a las costas del extremo norte del imperio. Tal vez pensó en las míticas profecías de Viracocha, las cuales habían predicho que después del reino del duodécimo inca llegarían al imperio conquistadores provenientes de una tierra lejanísima, quienes se apoderarían de todas sus riquezas.
Huayna Capac, poco antes de su muerte, ocurrida en Quito en 1525, quiso asegurarse de que Atahualpa fuera reconocido como el rey de Quito, pero siendo vasallo de Huáscar, el décimo segundo sapa inca.

Transcurridos pocos años, Huáscar envió embajadores a Quito, donde su hermanastro Atahualpa, en señal de paz, pero también exigiendo que éste se declarase su vasallo.

Atahualpa, quien probablemente tramaba con sus generales apoderarse del imperio, mandó a Cusco embajadores que declararon su aceptación de vasallaje, pero al mismo tiempo envió a la capital de los Incas un feroz ejército de más de treinta mil hombres al mando de los generales Challcuchima y Quizquiz.
Huáscar fue tomado por sorpresa y no logró organizar una hueste que fuera capaz de enfrentar a las tropas de Atahualpa. La batalla campal tuvo lugar cerca de Cusco, donde las milicias de Atahualpa vencieron y capturaron a Huáscar, quien fue tratado con dureza por los generales quiteños.

Atahualpa se estableció en Cajamarca, en el actual Perú septentrional, de donde dirigía las operaciones. Sus órdenes fueron terribles: aniquilar a todos los descendientes en línea directa de su padre Huayna Capac, con el fin de quedarse solo al mando del imperio. Su hermano Huáscar sería el último en ser muerto. Como a Atahualpa le entregaron las insignias del reino, las cuales le fueron arrebatadas indebidamente a Huáscar, muchos históricos creen que el príncipe de Quito fue el décimo tercero sapa inca.

Sin embargo, su poder duró muy poco: los 168 hombres de Pizarro, en efecto, llegaron a Cajamarca en noviembre de 1532 y lo tomaron prisionero exigiendo a cambio de su libertad una cantidad de joyas de oro suficientes para llenar toda la habitación donde estaba encarcelado. Fue así como Atahualpa, quien temía por su vida, ordenó hacer llegar de todo el reino a Cajamarca centenas de piezas artísticas de oro y plata.

A comienzos de 1533, Atahualpa ordenó a sus hombres matar a Huáscar porque no quería que los españoles se dieran cuenta de que había un hijo legítimo de Huayna Capac a quien se le había quitado el poder con la fuerza, quizás por miedo de perder sus privilegios como soberano reconocido.

Mientras tanto, se recogía un tesoro enorme compuesto de diademas, máscaras, pectorales, pulseras, cetros, coronas, copas, vasos, platos y cubiertos de oro. Según algunas estimaciones, el tesoro de Atahualpa alcanzaba las 9 toneladas de oro y las 59 toneladas de plata.

¿Estaba también la cadena de oro de Huáscar incluida en este tesoro? No parece, porque si así hubiera sido, una joya tan colosal como la Yawirka, de valor artístico inconmensurable, no hubiera pasado desapercibida por los rudos y bruscos conquistadores españoles.

También se sugirió que el gran disco solar de oro no fue enviado a Cajamarca, sino que fue celosamente custodiado en las cercanías de Cusco (mientras que los discos solares de oro más pequeños los robaron los españoles al llegar a Cusco; ver mi artículo Mitología andina: El portal de Aramu Muru y El disco solar del Coricancha).

El lugar donde fue escondida la maravillosa cadena de oro de Huáscar, símbolo imperecedero del poder de la serpiente y de su eterno devenir, sigue siendo hoy uno de los más grandes misterios del Perú. En efecto, en el curso de quinientos años, muchos exploradores e investigadores de tesoros la han buscado basándose en las leyendas y en las tradiciones verbales de los habitantes de la cordillera de los Andes.

Algunos estudiosos sostuvieron que los hombres de Atahualpa, después de haber conquistado el poder en el Cusco, en perjuicio de Huáscar, saquearon el palacio de Amaru-Cancha y enviaron la cadena a Cajamarca como símbolo de poder. Mientras se encontraban en la zona de Quispicanchi, en Huaro, recibieron la noticia de que los invasores extranjeros habían aprisionado a Atahualpa, y decidieron entonces esconder la cadena de oro lanzándola a la laguna de Canincunca, llamada también laguna de Urcos.

Las otras dos leyendas más famosas sobre la zona donde pueda estar escondida la cadena de oro de Huáscar indican dos lugares: el fondo del lago Titicaca y el Paititi, la mítica ciudad perdida de los Incas.

El lago Titicaca es hoy en día considerado el lugar sagrado más importante para las altas culturas andinas: del espejo de agua más alto del planeta (3850 metros sobre el nivel del mar) emergió el Creador del mundo, Viracocha, quien restableció el orden después del diluvio universal, según las tradiciones andinas. Del mismo lago aparecieron Manco Capac y Mama Ocllo, los progenitores de la estirpe incaica, quienes se establecieron luego en Cusco.

Por esta razón, según algunas creencias populares, la cadena de oro de Huáscar fue transportada hasta Copacabana, en las orillas del lago Titicaca. Luego se alinearon cientos de balsas de caña, con el fin de llegar a un lugar donde la profundidad del lago fuera considerable. En aquel punto fue arrojada. Todavía hoy, los ancianos de Copacabana están seguros al afirmar que la cadena de oro de Huáscar descansa en el lecho de lago ubicado entre San Pablo y San Pedro de Tiquina.
El primer buscador de tesoros que se aventuró en las profundidades del lago Titicaca, justo en la zona frente a Copacabana, fue el estadounidense William Mardoff, en 1956.

El buzo profesional había firmado un contrato con el gobierno de Bolivia, en el cual se estipulaba que debería entregar el 75% del tesoro encontrado al Banco Minero de Bolivia, mientras que podría quedarse con el restante 25%.
En las sucesivas exploraciones subacuáticas, Mardoff sacó a la luz sólo algunos restos de cerámica y declaró haber observado las ruinas de una ciudad sumergida en la desembocadura del río Escoña. Se pensó en la mítica ciudad sumergida de Chiopata, y se quiso de inmediato organizar otras expediciones, pero la cadena de oro de Huáscar no fue encontrada.
Como sucede a menudo en este tipo de investigaciones arqueológicas, en vez de hallar el objeto buscado (en este caso, la cadena de Huáscar), se descubren otros importantes restos arqueológicos que impulsan a otros exploradores a continuar las investigaciones.

La sucesiva exploración del fondo del lago Titicaca en la zona frente a Copacabana, cercana a la Isla del Sol, fue denominada “Fer de Lance”. El buzo responsable de la investigación fue el argentino Ramón Avellaneda.
Durante la exploración se documentaron calles pavimentadas sumergidas y unos treinta muros paralelos que testimonian irrefutablemente la existencia de una ciudadela sumergida, quizá la mítica Chiopata, de casi un kilómetro de extensión a unos doscientos metros de la línea de costa.

Esta expedición probó la existencia de una ciudad sumergida cerca a la orilla del lago Titicaca, quizá contemporánea de Tiahuanaco. Este importante hallazgo comprobó también que el nivel del lago Titicaca varió en el curso de los milenios. De la cadena de oro de Huáscar, no obstante, no se encontró rastro.
Según otras leyendas populares que todavía hoy se pueden escuchar en los valles del Río Yanatile y del Yavero, en la región de Cusco, un grupo de sacerdotes incaicos pertenecientes a la élite del Cusco decidió retirarse, en 1533, en el oasis del Paititi, una ciudadela situada en la selva alta, a medio camino entre la cordillera y la selva baja. Los documentos originales que prueban la existencia de esta ciudad son dos: el manuscrito de Padre López y los dibujos de Blas Vera.

Según el religioso Juan Carlos Polentini Wester, pintoresco y muchas veces controversial personaje, quien vivió más de cuarenta años en los valles del Yanatile y del Yavero, los Incas que escaparon de Cusco se reunieron primero en Choquecancha, en el Río Lares (en el tramo inicial del Yanatile), donde permanecieron por algunos meses; luego continuaron hacia el este y atravesaron el Río Amparaes. Más allá de los 4200 metros sobre el nivel del mar, en la laguna llamada Alhajuay (que en quechua significa donde se escondieron), ocultaron varios tesoros demasiado pesados para ser transportados hasta el Paititi. Entre estos se encontraba la cadena de oro de Huáscar.

Según otras tradiciones populares, la ambicionada cadena de oro se encuentra en el fondo de la laguna Jarinal, a 4350 metros sobre el nivel del mar.
Actualmente nadie puede decir con certeza dónde se encuentra la cadena de oro de Huáscar ni los otros símbolos sagrados del Tahuantinsuyo; por ejemplo, el gran disco solar de oro. Sólo ulteriores exploraciones, apoyadas en documentos históricos hace poco hallados y analizados, podrán ayudar a revelar uno de los más intrigantes misterios de Suramérica.

LA CADENA DE ORO DE HUÁSCAR

About the Author

Leave a comment

You must be Logged in to post comment.