Published On: lun, Nov 26th, 2018

En las puertas de Estados Unidos

Alegaban proteger la pureza racial de los norteamericanos y creían estar facultados para hacer justicia por mano propia. La caravana de los centroamericanos está frente a Estados Unidos. Hay varios miles de soldados apostados allí, y el presidente Trump los ha autorizado a matar. En el caso (imposible) de que los migrantes entraran, los estarían esperando allí los “Minutemen” o los “Patriots”, civiles voluntarios que quieren defender “la pureza racial del país”.

En mi novela “El camino de Santiago”, Planeta 2017, el protagonista, un joven peruano, es capturado por los “Patriots”.

Antes de que dieran la orden de matarlo, Santiago se quedó dormido. Al comienzo de un sueño rápido, le pareció que escuchaba los pasos de su madre trajinando en la cocina y tarareando una canción. Por escucharla, el niño dejaba caer la taza de café con leche, pero esta no hacía ruido alguno al chocar contra el suelo. Comenzaba a flotar.

El hombre que lo custodiaba le vació un balde de agua sobre el rostro, y lo despertó.

—¡Contesta! —ordenó el tipo. El Viejo te está preguntando.

—¿Cómo te llamas?

Sentado frente a una mesa rústica, el hombre al que llamaban el Viejo ojeaba un periódico amarillento. Bajo el toldo de campaña, fingía leer. En realidad, quería hacer esperar al prisionero, y debido a la intensa luz del sol, este se había quedado dormido.

—No, hijo. No voy a dar la orden de matarte ahora. No le voy a pedir a los muchachos que te ejecuten. Aquí todos somos cristianos, y si colaboras, me bastará con ponerte en la frontera. En cambio, si sigues callado, eso sería ya otro cantar.

Después de haber estado ojeando el periódico, el Viejo se había dedicado a su prisionero. Este tenía a su lado a un custodio. Unos cuarenta hombres miraban la escena en silencio. Guardaban un recogimiento místico como si preguntasen en qué momento sería dada la orden de matar al muchacho.

—Te he preguntado cómo te llamas o cómo quieres que te llamemos…

El supuesto pastor escupió.

—¿A cuántos has matado? ¿A cuántos has hecho entrar en los Estados Unidos?

Sin darle tiempo que respondiera, miró de costado hacia uno de sus hombres y le preguntó:

—¿Hay más marrones esta noche?

Algo le dijo el tipo, pero el Viejo no entendió.

—¿Qué piensan hacer conmigo?

—No hay árboles por acá, pero creo que vamos a colgarte —le respondió el hombre que lo custodiaba. Era sumamente voluminoso.

El gordo dio otra chupada a su cigarro que ya se le acababa.

—Eso es lo que se hace en esos casos, ¿no?

Todavía le quedaba una última chupada. La dio:

—Sí. Vamos a colgarte.

En ese momento, Santiago debe de haber recordado a los Minutemen. Le habían hablado de ellos. Eran grupos de voluntarios armados que se emplazaban en la frontera para proteger a los Estados Unidos contra la entrada ilegal de extranjeros.

No todos actuaban de la misma forma. Algunos equipos se limitaban a apresar a los inmigrantes y a entregarlos luego a la Patrulla de Fronteras.

Otros eran feroces. Alegaban proteger la pureza racial de los Estados Unidos y creían estar facultados para hacer justicia por mano propia. Afirmaban estar cumpliendo la decisión de los Padres Fundadores de la nación, profesaban un cristianismo encolerizado y habían declarado una especie de cruzada contra los infieles.

También había grupos de americanos humanitarios. Estos dejaban botellas de agua y alimentos enlatados para ayudar a sobrevivir a los latinoamericanos que se arriesgaran a entrar por el desierto.

Nadie respondió por un rato. Había ocho camionetas todoterreno y tres motocicletas gigantescas. Detrás del toldo, estaba estacionado un viejo jeep verde. Un perro negro alzó la pata para orinar una de las llantas de ese vehículo. Un ave brillante pasó como una flecha frente al grupo y se hundió en el cielo.

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