Published On: Vie, Mar 6th, 2015

El puente de Junín

martinEl recuerdo es tan claro, tan nítido y espléndido, que basta con cerrar los ojos para tenerlo otra vez frente a mí, como si fuera ayer.

Tenía tres años, tal vez cuatro, y cruzaba el viejo puente de Junín cobijado bajo tu chompita morada, en medio de ese viento frío de los inviernos limeños y me protegías con tu brazo derecho rodeándome con fuerza para tranquilizarme. No veía nada porque me aferraba a ti.

Ese día intuí por primera vez que la familia es sinónimo de protección y ayuda, pero comprendí también, querida tía Soquito, que Dios nos quiere hasta el punto de premiarnos en sus designios misteriosos enviando a la tierra ángeles que son en la vida una segunda mamá.

Ahora que he regresado tras varios años de ausencia en los que siempre nos hemos visto poco -siempre poco para todo lo que te quiero, tía Soquito- te encuentro igual que antes, igual que siempre, preocupada por todos y preocupada por mí.

Tengo que confesarte que nunca, jamás he olvidado la tarde fría en que cruzamos juntos el puente Junín, no porque ese día experimentase por primera vez algo de miedo, sino porque también sentí con toda la fuerza de la inocencia, el bálsamo de la tranquilidad que solo puede nacer del amor de una familia.

Dios ha puesto en nuestro camino a personas que te protegen y quieren sin esperar nada a cambio, una familia que no pide nada y lo entrega todo, que reza pensando solo en tu felicidad.

La familia, queridos amigos, es el reflejo en la tierra de la felicidad infinita de Belén. La familia es irremplazable, la familia es irrepetible, la familia es esencial.

El Amor con mayúsculas se manifiesta a través de la familia, y la mujer, el hombre que comprende este principio, lo entiende todo, lo abraza todo y todo lo tiene, aunque nada posea.

Por eso, querida tía Soquito, mi segunda madre, porque esto es lo que me enseñaste con tu ejemplo y con tus oraciones, hoy quiero que sepas que tu hijo espiritual te sigue necesitando mientras cruza este puente, el de la vida, otro viejo puente de Junín en el que me coges fuerte de la mano mientras sonríes y me recuerdas que a nada he de temer.

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