Published On: Mar, May 26th, 2015

El martirio de Monseñor Romero

monseñorromeroMonseñor Arnulfo Romero, el arzobispo o asesinado hace 35 años por un escuadrón de la muerte en El Salvador fue beatificado. Esta es la historia de su muerte y de sus asesinos.

Raúl Mendoza /La República Lima

Dicen que ya estaba condenado a muerte mucho tiempo atrás y que él lo sabía. Pero el 23 de marzo de 1980, un día antes de su asesinato, Monseñor Arnulfo Romero pronunció una homilía valiente que fustigaba -como ya había ocurrido muchas veces- los abusos y crímenes del Ejército de su país contra la población. En algún momento dijo unas palabras que quedarían grabadas en la memoria colectiva de El Salvador: «En nombre de Dios, en nombre de este sufrido pueblo, cuyos lamentos suben hasta el cielo cada día más tumultuosos, les pido, les suplico, les ruego…, les ordeno, en nombre de Dios, ¡cese la represión!».
Un día después, mientras oficiaba misa en la capilla del hospital La Divina Providencia, en un barrio salvadoreño, fue asesinado por un francotirador. Faltaba poco para la bendición de la hostia cuando sonó el disparo. Un punto rojo fue creciendo en su pecho mientras caía. El tirador disparó desde un auto apostado en la puerta de la Iglesia. Sonaron más disparos y cundió la confusión. Los asesinos huyeron y en los días siguientes el gobierno hizo poco para esclarecer el crimen. Por entonces gobernaba una Junta Militar de Gobierno y había numerosos escuadrones de la muerte vinculados a ella.
Treintaicinco años después, el 23 de mayo de 2015, monseñor Romero ha sido beatificado. Con ello, aún después de la muerte, el sacerdote gana batallas. Miles de salvadoreños y hasta visitantes de otros países llegaron hasta El Salvador para participar de su consagración. El hombre que defendió los derechos humanos y la vida de la gente más pobre de su país ha sido visitado por miles en su cripta de la Catedral de San Salvador. La capilla del hospital donde fue asesinado también ha sido lugar de romería.
Huella homicida
Las preguntas que han flotado en el aire de El Salvador por años y que incluso ahora continuan son: ¿quienes fueron los asesinos? y ¿qué pasó con ellos? En principio la Junta Militar de entonces hizo poco por esclarecer el crimen y le dejó la respuesta al tiempo. Ese mismo año un hombre fue señalado como el presunto autor intelectual: el mayor Roberto D’Aubuisson, fundador del partido Arena y promotor de los tenebrosos escuadrones de la muerte. Fue detenido con una agenda donde figuraba el plan del asesinato como ‘Operación Piña’, pero fue liberado.
Otro de los acusados fue el capitán Alvaro Saravia, miembro de las fuerzas armadas. Él -como muchos participantes del plan para matar a Romero- huyó durante años, pero fue el primer sentenciado del caso. El 2006 aceptó en una declaración judicial su responsabilidad y la de muchos otros. Hoy sigue huyendo, pero el 2010 le dio una entrevista esclarecedora al sitio digital El Faro, lo que dio origen a un largo reportaje que se tituló «Así matamos a Monseñor Romero», donde se precisa los hechos y parte de los autores del plan de asesinato.
De ese testimonio y de otros queda claro que el tirador fue un sargento a quien se identificó recién en 2011 -treintaiún años después- como Marino Samayor Acosta, miembro del equipo de seguridad de Arturo Armando Molina, ex presidente de El Salvador. Su hijo Mario Molina fue quien lo puso a disposición de los conspiradores. Hoy también se sabe que el chofer que lo llevó hasta la capilla fue Antonio Garay Reyes, quien a su vez contó que habían partido de la casa del empresario de extrema derecha Roberto Daglio, en cuya casa se planeó el asesinato del cura «por comunista y subversivo».
Garay contó que el asesino material se sentó en el asiento del copiloto, disparó desde dentro del vehículo y que cuando huyeron estuvieron dando vueltas porque él se sintió un poco desorientado.El auto era un Volkswagen Passat rojo. Otros militares también estuvieron en los alrededores como fuerza de protección.
Hubo otros implicados más. El encargado de proveer el fusil suizo calibre punto 219 con que mataron a Romero fue el capitán Eduardo Ávila Ávila. Él se encargó de coordinar el grupo que participó en la operación. La misa de monseñor Romero era a las 6 de la tarde. Avila les dijo que se reunieran «a las 5, una hora antes de matarlo». Aparentemente se pegó un tiro en 1994, aunque se dice que pudo ser asesinado. Otros militares y empresarios salvadoreños pertenecientes a las más altas esferas de la época también estuvieron implicados pero no fueron llamados a juicio.
Justicia divina
El tiempo, sin embargo, fue sacando a la luz los detalles del hecho. Hoy se sabe que el sicario, Marino Samayor, recibió 1,000 colones -120 dólares- por apretar el gatillo y después huir y guardar silencio. Hasta hoy no ha sido ubicado. Se dice que está vivo, que fue miembro de la Guardia Nacional, que hoy tendría 66 años, pero no se tienen otros datos certeros sobre su vida. El instigador principal, Roberto D’Aubuisson, líder de Arena, llegó a ser presidente del Congreso de su país, postuló tres veces a la presidencia sin éxito y nunca rindió cuentas a la justicia por el crimen. En 1992 murió de un agresivo cáncer a la lengua.
El capitán Alvaro Saravia abandonó el Ejército cuando las investigacione empezaron a acercarse a él, abandonó a su familia y fugó a los Estados Unidos. Ahí trabajó como agricultor, fue lavador de dinero ilegal para cárteles de droga colombianos y vendió automóviles usados hasta el 2004. Después le contó a El Faro que volvió a un país donde se habla español. Tiene una sentencia pendiente y un pago indemnizatorio que no podría pagar porque, según le dijo a El Faro, vive en la miseria. Hoy sigue prófugo.
Mario Molina, el hijo del ex presidente salvadoreño Arturo Molina, quien aportó el tirador, el arma y la logística sigue vivo aunque, según los medios de El Salvador, «nadie sabe donde está». Increiblemente, la Comisión de la Verdad del país lo absolvió de responsabilidad en este crimen.
Mario Garay, el conductor del auto donde llevó al asesino material, escapó a Estados Unidos y vive oculto ahí bajo la condición de testigo protegido. El tiempo y las investigaciones periodísticas se han encargado de esclarecer, cronológicamente y con muchos detalles, los hechos ocurridos ese día y las fechas posteriores. Se sabe casi con exactitud lo que pasó, pero no se puede decir que ha habido justicia. Ninguno de los responsable acabó en la cárcel.
La guerra civil salvadoreña costó 50 mil muertes, miles de desaparecidos y masacres colectivas que sólo culminaron con los acuerdos de paz firmados en 1992. La ceguera ideológica de la extrema derecha los llevó a tildar a Monseñor Romero de ‘comunista’ cuando el arzobispo era sólo un sacerdote comprometido con el sufrimiento de sus fieles. Tres décadas después, la beatificación de Monseñor Arnulfo Romero restaña en parte las heridas abiertas en El Salvador en el conflicto que ensangrentó ese país en la década de los 80. Como diría Rubén Blades en esa canción de homenaje que le dedicó, treintaicinco años después suenan las campanas por un cura bueno.

About the Author

Leave a comment

You must be Logged in to post comment.