Published On: Vie, Abr 14th, 2017

El discreto encanto del chavismo

Una vieja herejía política del marxismo radical. La izquierda peruana es incapaz de condenar al chavismo. Ante la realidad de una dictadura que ha destruido a las instituciones venezolanas por diecisiete años, nuestros izquierdistas han preferido el silencio cómplice o el conato de defensa. Esta complicidad política está vinculada a un común origen ideológico. Durante tres lustros, el socialismo del siglo XXI ejerció una política imperial de intervención en otros estados. Mediante el uso de recursos provenientes del petróleo, y bajo los auspicios estratégicos del Foro de Sao Paulo, el chavismo consolidó una red clientelar partidista muy activa en casi todos los países latinoamericanos. El dinero del petróleo venezolano aceitó esta red generando una primavera socialista que ha durado hasta hace poco en la región.

Otra consecuencia de esta política imperial ha sido la prolongación del chavismo en cada uno de los movimientos que prohijó. En mayor o menor medida, el gen autoritario del chavismo, propio de todo socialismo estatolátrico, se prolonga en los movimientos que reivindican una supuesta modernidad progresista. Esto es comprensible. El propio chavismo, en tanto populismo autoritario, utilizó la idea de la creación heroica como dogma fundacional de su movimiento. La dictadura de Maduro nos confirma que la matriz autoritaria del socialismo del siglo XXI es la misma que comparten todas las tiranías que se encuentran emparentadas con los viejos errores del barbudo de Treveris. Nada hay de novedad en la vieja herejía política del marxismo radical.

Con todo, el discreto encanto del chavismo radica en hacer pasar como nuevo algo profundamente antiguo. La utopía de una sociedad ácrata en la que cada quien recibe según su necesidad (una vieja idea escolástica vulgarizada y ensangrentada por la revolución) continúa siendo un mito movilizador de primer orden. El problema es que el mito, en un continente macondiano como el nuestro, facilita la irrupción del populismo. Latinoamérica es un continente populista. Por encima de las ideologías, los latinos hemos construido estados serviles, leviatanes tropicales propensos a la demagogia y el clientelismo. El mito movilizador ha terminado paralizando el desarrollo de los países chavistas, porque los errores del socialismo del siglo XXI son los mismos que fueron cometidos por los socialistas del siglo XX. La polarización sectaria, la criminalización de la oposición, la instrumentalización de las instituciones y la destrucción del derecho forman parte del programa autoritario de todo socialismo que se respete.

Ahora bien, lo preocupante es que la nueva generación izquierdista, que tendría que aprender de los errores de la gerontocracia que destruyó a Izquierda Unida, ha optado por sucumbir ante una dictadura de facto. El discreto encanto del chavismo es el viejo embrujo del marxismo. Mientras nuestros izquierdistas continúen atrapados por esos viejos dogmas, que han empobrecido a millones de seres humanos, la renovación del sistema político es una quimera. Una renovación que está en manos de una burguesía ausentista que por estos días protagoniza, sin visión y sin gloria, aquello que Riva Aguero llamó “la triste procesión de las larvas grises”.

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