Published On: lun, Nov 26th, 2018

El despertar de la mayoría silenciosa

La crisis política que asola al país no solo polarizará a la clase política, también despertará al indiferente pueblo peruano y lo obligará a tomar una posición en los asuntos más controversiales. El primero, por su importancia, es el de la guerra cultural que se está llevando a cabo en torno a la ideología de género en todo el mundo.

Pocas veces nos encontramos frente a dos posturas diametralmente opuestas: para unos es un peligro social que debe ser combatido porque atenta contra la libertad y las familias, para otros ni siquiera existe. Se trata de dos cosmovisiones excluyentes que están condenadas a enfrentarse. El Estado se ha transformado en un campo de batalla y el derecho ha quedado a merced de la política y de los ideólogos, que tienen un proyecto educativo concreto.

Por eso un sector de la población (cada vez más creciente) sale a marchar a las calles e identifica al Gobierno como un posible enemigo de su cosmovisión. Todavía la mayoría cristiana es capaz de organizarse y plantar batalla. Por eso la impresionante manifestación organizada por el colectivo ciudadano “Con mis hijos no te metas” es una clara muestra de la voluntad cívica y política de esa mayoría silenciosa, que se encuentra excluida del Gobierno y del establishmentsocial. En efecto, esta mayoría silenciosa no forma parte de la academia, de los medios de comunicación y mucho menos interviene directamente en las decisiones de nuestra clase dirigente. En muchos sentidos, la clase dirigente peruana ha vivido de espaldas al pueblo que se supone debe dirigir. La clase dirigente ha caído en eso que Riva Agüero denominaba el “más vil rastacuerismo”; esto es, un ausentismo moral que acentúa el divorcio entre los representantes y los que son representados.

Con todo, vientos nuevos parecen surgir en todas partes del planeta. La guerra cultural desatada por el neomarxismo institucionalista y gramsciano ha provocado una reacción popular (algunos la tildan de populista) que busca defender los valores innegociables que han forjado a la civilización occidental; es decir, a la vida y la familia. La familia es anterior al Estado, y por tanto, superior. El Estado se funda sobre la comunidad de las familias que buscan la garantía a su libertad, no la esclavitud ideológica. El Estado existe por y para las familias. La verdadera libertad es, entonces, una libertad al servicio de las familias, una libertad que el Estado debe proteger y no amenazar.

Sin familias no existe el Estado. La libertad personal debe ser garantizada sin que ello implique la imposición de un proyecto de ingeniería social que en el fondo lo que quiere es establecer una suerte de matrix sesgada hacia un extremo del espectro ideológico. Esto es lo que comprenden los que hoy salen a marchar contra la imposición ideológica de un pensamiento único que no admite disidencias. Esta ola popular no se detendrá. La gran pregunta es: ¿comprenderá esto el Estado? ¿Reaccionarán los medios de comunicación?

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