Published On: Dom, Abr 20th, 2014

Dios no ha muerto

eduardoDurante los días del holocausto, dos rabinos se conocieron en el campo de concentración de Dachau, uno era polaco y el otro, francés. Anciano ya, este último vivía en California cuando yo llegué como profesor de Berkeley en 1990, y fue él quien me contó esta historia:

En París, la resistencia había sostenido una balacera con los nazis ocupantes. El encuentro produjo la muerte de todos los milicianos y también la de un alto mando de la Gestapo.
Desde Francia, salió la orden. En cada uno de los campos de concentración, había que vengar al nazi muerto. La represalia no iba a traer consecuencia positiva alguna para los alemanes toda vez que si se trataba de una lección, los judíos internados no iban a poder asumirla. Estaban en el campo, y no iban a salir de allí sino convertidos en cenizas.
Se situó a los prisioneros en líneas circulares. Parecía una función de circo.
De pronto, un grupo de guardias comenzó a buscar entre los asistentes. Ubicaron a un joven de contextura atlética. Lo llevaron hasta un tabladillo que habían levantado en el centro del campo.
El joven obedeció todas las órdenes que se le daban. Bajó la cabeza, y le rodearon el cuello con una cuerda. Sin decir palabra, el prisionero cerró los ojos y quizás se encomendó a Dios.
Isaac, el rabino francés, me dijo que también cerró los ojos esperando que todo terminara en unos minutos, pero no fue así. La perversidad de los nazis había convertido a la horca en un juguete. De alguna forma, habían logrado que la cuerda no se terminara de cerrar y que, de esa manera, torturara por más tiempo a su víctima.
Diez, veinte minutos, casi media hora transcurrieron, y el joven se estremecía sin morir. Su cuerpo saltaba independiente. Sus miembros se agitaban o se movían sin concierto. Parecía morir, y recuperar la vida para sufrir aún más.
Isaac no pudo soportarlo. Se acercó al rabino polaco, y le dijo:
-¿Dónde está Dios?… ¿Dios ha muerto?
Su interlocutor se quedó un instante sin responder. Luego, levantó la mano derecha y señaló al hombre atormentado.
-Allí está.-dijo.- Allí está Dios.
Este domingo se inicia la Semana Santa. Habrá ceremonias formales y el cardenal se abrazará con el presidente y con los miembros de los otros poderes del estado. Tal vez Cipriani recuerde a sus vecinos del cuartel de Ayacucho, sus cómplices, quienes hicieron de aquel un inmenso cementerio. Tal vez piense que sólo eran escenificaciones del Viernes Santo.
En las mazmorras de un cuartel, prohibida la visita de alguien que no sea su familiar de segundo grado, Víctor Polay recibirá la noticia de que han anulado la sentencia judicial que les permitía a él y a otros presos pasar a una cárcel más humana.
¿Termina la perversidad al finalizar la dictadura? En Alemania, se desarrolló durante décadas un proceso de desnazificación. En países con tan distinto signo ideológico como Chile, Guatemala y Argentina, los antiguos torturadores — algunos octogenarios— van a la cárcel. En el Perú, el terrorista de estado Fujimori recibe un trato diferente, y cada vez se endurece más el tratamiento contra los presos de la guerra, algunos de los cuales se han pasado la mayor parte del tiempo en régimen de calabozo. ¿Es necesaria tanta crueldad?
No, Dios no ha muerto. Como decía Vallejo, ya va a venir el día, ponte el alma. Se lo recordará a Víctor Polay la amada sombra de su madre que lo visita todos los días

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