Published On: Lun, Jul 4th, 2016

Decirle la verdad al poderoso

martinEl periodismo y el enfrentamiento entre poder y autoridad. Retornemos a la dicotomía clásica de autoridad-potestad para aplicar estas categorías a la disciplina del periodismo. El periodismo, según esta díada, no es una carrera de poder, sino de autoridad. Mi maestro Rafael Domingo Oslé escribió sobre el tema apelando a una anécdota protagonizada por el gran Ramón María del Valle-Inclán:

 

“Una noche de finales de octubre de 1927, acompañado de varios amigos, entre los que se encontraba por supuesto Cipriano Rivas Cherif, acudió al teatro Fontalba de Madrid ese hombre ‘pegado a una barba’, de palabra mágica y prodigiosa originalidad que fuera Ramón María del Valle-Inclán, con el fin de asistir al estreno de la comedia El hijo del diablo, del poeta catalán de segunda fila Joaquín Montaner.

Antes de que finalizara el segundo acto, el ínclito don Ramón comenzó a vociferar de forma tan desmesurada que hubo de interrumpirse el estreno. No tardó el público en reconocer en esos gritos de ‘¡Muy mal, muy mal!’ la voz de don Ramón, lo que aumentó el revuelo.

Los agentes de vigilancia se acercaron a la butaca que ocupaba el ilustre literato para llevárselo a la comisaría (un escándalo parecido había provocado en el estreno de Gata de Angora, de Benavente y en esa misma comisaría acabó), y se presentaron diciendo: ‘Somos la autoridad’. A lo que don Ramón replicó: ‘Aquí, en el teatro, yo soy la única autoridad, pues soy crítico’. Naturalmente, los agentes de la ‘potestad’ se llevaron al portador de la autoridad, pues la fuerza se impone momentáneamente a la razón; pero la crítica literaria no tardó en ensalzar la actuación de don Ramón, que con sus gritos logró sepultar la obra de Montaner”.

 

Este enfrentamiento entre el poder desnudo (violencia legítima) y la autoridad (saber socialmente reconocido) describe muy bien la naturaleza del periodismo, según puedo entender. El periodismo, el verdadero periodismo, es una disciplina de suma autoridad. De auctoritas real. El periodista, el verdadero periodista tiene como misión decirle la verdad al poderoso.

El verdadero periodista señala, con conocimiento, con sabiduría especialísima, con papeles en la mano, las verdades del poder, lo que el poder no quiere escuchar, lo que el poderoso prefiere ocultar. Esta es la naturaleza esencial del periodismo de altura: decirle la verdad al poderoso amparándose en la autoridad y en el prestigio personal.

Hay, como en todas las profesiones, periodistas con autoridad y periodistas con poder. Periodistas con auctoritas y falsos periodistas con potestas. Los primeros, en virtud a su independencia, denuncian al poderoso y ejercen control sobre él. En sentido estricto, solo la autoridad puede servir de límite al poder. Este no es el caso de los falsos periodistas que, en lugar de autoridad, tienen poder. Estos no pasan de ser lacayos de los poderosos, sus amigos, sus correveidiles o sus asesores para los debates. Tienen poder, sí, pero nunca tendrán autoridad.

Rosana Cueva es una periodista con autoridad y que hizo lo que tenía que hacer: decirle la verdad al poderoso. A la poderosa, para ser más exactos. Su talento le otorga independencia y la independencia en un país de tibios es un peligro insoportable. Por eso, los miserables que callan en todos los idiomas, los abyectos que se dicen periodistas pero que silban de costado sin utilizar ni una pizca de su poder para retar a Nadine Heredia, tendrían que reflexionar sobre el final de todo aquel que se enfrenta a la autoridad: el ridículo supremo cuando se descubra la verdad.

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