Published On: lun, May 7th, 2018

Chang, diseño perpetuo

Portadas de revistas, tapas de libros, centrales de periódicos, infografías, portales webs, Daniel Chang (1968-2018), jefe de Edición Gráfica del diario El Peruano, hacía de cada encargo una oportunidad para plasmar talento, pasión y gozo, esas características esenciales de su trabajo periodístico y también de su existencia.

l trabajo en la redacción del diario Expreso nos hizo más que amigos. Daniel Chang llegaba desde su casa, en el Callao, y conversábamos de lo que conversan los periodistas: de todo. Y hablábamos de la pasión de trabajar con las noticias. Y conversábamos de la vida breve, ese instante entre dos inmensidades.

En la víspera había fallecido Marcelino Aparicio, nuestro amigo periodista, y la muerte era un expediente que obligaba a ponernos serios. Unos días después fallecía Daniel Peredo y, entonces, nos pusimos en guardia. Y con Chang uno siempre estaba en guardia, porque además yo era el poeta de las palabras y él era el de las imágenes.

Daniel Chang (1968-2018), jefe de Edición Gráfica del diario El Peruano. Ilustración: Darío Gutiérrez

Entonces repasábamos a Neruda, cuando nunca pudo ser más certero. Y sabíamos que no había cementerios solos, con tumbas llenas de huesos sin sonido, y corazones pasando un túnel oscuro, oscuro, oscuro,como un naufragio hacia adentro nos morimos, como ahogarnos en el corazón, como irnos cayendo desde la piel del alma. Pero yo cortaba porque había que trabajar en los cientos de proyectos, las páginas actuales de Variedades y las tapas de mis libros y las clases en la universidad. Pero luego retrocedíamos y siempre el tema de la música, los discos de Rubén Blades y la memoria de Miles Davis. Y el fútbol, que nos rasgaba las venas, y el cine, que nos encendía el alma.

PRIMERO LA VIDA
Pero “hay cadáveres, hay pies de pegajosa losa fría, hay la muerte en los huesos, como un sonido puro, como un ladrido de perro, saliendo de ciertas campanas, de ciertas tumbas, creciendo en la humedad como el llanto o la lluvia”. Pero era más importante la vida. Y tratábamos de nuestros hijos. Y, luego, otra vez con los valores gráficos y los valores informativos y después recién con los valores estéticos, porque, eso sí, Chang se había convertido en un perfeccionista y yo en un hedonista.

Y ahora que ya no estás, Daniel Chang, eres un granuja porque te me adelantaste. Y ahora que ya no estás, debo reconocer a un amigo común, entrañablemente lúcido, Umberto Jara, quien te escribió: “Es la única persona a la que nunca vi con enojo. Si algo lo fastidiaba, reclamaba con tranquilidad y un instante después volvía a su serena sonrisa. Era, lo que se dice, un tipo noble y alegre. Las mejores cualidades para ser amigo. Le gustaba el fútbol con la camiseta rosada del Sport Boys, un equipo que no conocía la miel de los campeonatos, pero estaba lleno de historias y estas tienen más vida que un festejo puntual. Bailaba la salsa con gracia y elegancia, la salsa de Héctor Lavoe y compañía. He visto en la madrugada un video del sábado bailando con su mamá y tiene, además, de gracia y elegancia, ternura”.

BUEN CHALACO
A Daniel Chang lo mató su corazón, ese músculo que lo había desbordado de vida. Y ahora cómo hacemos para no llorarlo. Ahí están su esposa y dos hijos, valientes, observando el ataúd y sus fotos. Y aquí estamos nosotros que más que quererlo, lo admirábamos. Porque Chang era el mejor de nuestros artistas gráficos. Por ello que yo tuve la suerte de vivir a su lado y por eso le confié casi todas las portadas de mis libros. El de las crónicas, el de los poemas, el de los relatos. Porque con Chang no había reglas sino miradas. Y él sabía lo que me agradaba y yo sabía apreciar sus enseñanzas, que siempre daban en el clavo.

A Daniel Chang, como buen chalaco, le gustaban los pescados y mariscos. Cierta vez me llevó a un huarique en la Ciudad del Pescador, en el Callao, a comer pejesapos y borrachos, esas especies marinas que las gentes no aprecian. Es verdad, había que aplaudir después de cada potaje. Y entre el sopor de esos frutos benditos del mar, regresábamos a las técnicas para que nuestros alumnos aprendan con rapidez y propiedad, porque Chang había aprendido del maestro Carlos Sotomayor esa cátedra que uno enseña sin apretar, con libertad creadora, con ejemplos brillantes. Y luego, otra vez al tema de la infografía, donde él era un sabio.

DUEÑO DEL ARCO
Pero había que ser riguroso con los horarios y con los festejos que también los hubo. Daniel Chang era arquero de todos los equipos que dirigí. Lo suyo era de escuela clásica, como los viejos maestros, ‘El Chueco’ Honores o el gran Rafael Asca. Bien metido bajo sus tres palos, poseía una suerte de cerrojo que nos hacía jugar con confianza. “¡Todos los partidos se ganan desde mi arco!”, solía decir. Y así ganábamos siempre, en el fútbol, en la creatividad, en la ternura para todos los nuestros. Y otra vez la poesía, porque Daniel Chang, aunque estaba pegado a las series de Netflix, era un lector voraz.

Una mañana le presenté al poeta chileno Jorge Teillier y no lo dejó nunca. Y Teillier lo había fascinado con un poema que se llama ‘Despedida’: “Me despido de mi mano / que pudo mostrar el paso del rayo / o la quietud de las piedras / bajo las nieves de antaño. Para que vuelvan a ser bosques y arenas / me despido del papel blanco y de la tinta azul / de donde surgían los ríos perezosos, / cerdos en las calles, molinos vacíos”. Así, querido Daniel Chang, otra vez me ganaste y partiste con langa. Por eso, yo también me despido y me despido con palabras, palabras –un poco de aire movido por los labios–, palabras para ocultar quizá lo único verdadero: que respiramos y dejamos de respirar.

HASTA PRONTO, DANIEL
Apreciado Daniel, decidiste sorprendernos. Apenas nos estábamos acostumbrando a cerrar las ediciones sin la presencia de Marcelino, otro de nuestros hermanos que partió. Ahora faltas tú en la fila de escritorios de los editores, a los que pomposamente llamamos el Puente de Mando, en los que nos sentamos los cincuentones, aquellos que imploramos recetas mágicas para disminuir la panza y aumentar el ánimo. Bautizaste, apreciado Daniel, a ese grupo como el Club del Yacón. Nos harás falta, apreciado Daniel, porque tu carisma disminuía la tensión de los cierres, porque tu sonrisa aminoraba el cansancio, porque tu chacota nos hacía recordar que somos periodistas, porque tu profesionalismo elevaba la práctica de esta profesión. La última vez que nos vimos me describiste ante extraños con demasiada amabilidad. Así eras, apreciado Daniel, tan cargado de amistad. Aquel día, apenas a dos días de haber gozado en la celebración de tus 50 años, y a uno de tu repentina partida, pusimos en marcha el proyecto que habíamos planeado desde hacía tanto: un taller para que los compañeros reporteros gráficos eleven a magnífico su buen trabajo. Y comenzamos a diseñar la capacitación de los compañeros diseñadores. La idea era excelsa, como todos los proyectos que emprendías: impulsar el diseño digital. El sábado 14 nos divertimos, y los del Club del Yacón nos comprometimos a estar contigo 50 años después, cuando celebraras tus 100 años. Ahora, tengo la seguridad de que cumpliremos la promesa, que estaremos contigo chacoteando, bebiendo y practicando un periodismo cada vez más limpio y comprometido. Descansa en paz, querido amigo.

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